Generación Fluvi: hijos del agua, herederos de la desidia

Hoy, 14 de junio, coinciden dos mayorías de edad que nadie vio venir. Hace exactamente 18 años, un día como hoy, Zaragoza abría las puertas de un verano…

Jorge Herrero
14 de junio de 2026
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Hoy, 14 de junio, coinciden dos mayorías de edad que nadie vio venir. Hace exactamente 18 años, un día como hoy, Zaragoza abría las puertas de un verano que reescribió su futuro. Los niños que en aquel histórico 14 de junio de 2008 iban en carrito, los que sudaban bajo el sol mientras sus padres hacían cola para sellarles un pasaporte de cartulina azul, esos niños también los han cumplido, o los cumplirán antes de que acabe el año. Es como si el tiempo hubiera decidido que ambas cosas debían crecer juntas, a la misma velocidad, hacia el mismo umbral.

18 años es la edad en que se vota por primera vez, en que se firma sin que nadie firme por ti, en que la ley te considera, al fin, capaz de responder de tus propios actos. La mayoría de edad, en su sentido más estricto, es el momento en que se acaba la tutela. Y ahí es donde la coincidencia de hoy se vuelve una pregunta incómoda. Durante estas casi dos décadas, las administraciones han ejercido como el tutor legal de aquel sueño que inauguramos un día como hoy. Su única obligación era custodiar la herencia, mantenerla intacta y hacerla crecer para cuando estos niños se hicieran mayores. Hoy, justo cuando la Generación Fluvi alcanza la edad de pedir cuentas, el tutor comparece con el patrimonio bajo mínimos. Y basta recorrer algunos de aquellos espacios para comprobar que la herencia ya no se parece demasiado a la que se prometió conservar.

Recordamos un Ebro que durante décadas parecía no pertenecer a la vida cotidiana de la ciudad: una orilla donde nadie bajaba, una ciudad que le daba la espalda al agua con un recelo fundado en siglos de inundaciones y olvido. Hasta que llegó aquel verano y Zaragoza, de golpe, se giró. Se miró al espejo y decidió que le gustaba lo que podía llegar a ver. Lo que ocurrió entonces no fue solo arquitectura ni grandes cifras de inversión. Fueron más de 40.000 personas inscritas enfundándose un impermeable azul claro un lunes por la mañana, 40.000 voluntarios colaborando hasta seis horas al día, regalando su tiempo y sus sonrisas sin cámaras ni aplauso garantizado, movidos únicamente por la convicción de que una ciudad es exactamente lo que sus vecinos deciden que sea. Aquel verano, Zaragoza decidió que su ciudad merecía lo mejor.

Entre aquellos voluntarios estaba Guillermo Herrera. Tenía 104 años cuando una chica en la Plaza de España le preguntó si quería serlo. Sonrió con escepticismo, dudó un instante, pensó quizá que aquello era cosa de jóvenes, y luego dijo que sí. Salió a recorrer residencias de mayores contagiando el entusiasmo que muchos jóvenes no tenían, convencido de algo que entendió antes que nadie: que una ciudad no la forma sus calles ni sus puentes, la forma la suma de las personas que deciden entregarle una parte de sí mismas. Fue pregonero, fue símbolo, fue la definición más exacta de lo que es nuestra ciudad cuando se lo propone. Nos dejó con 105 años. Pero algo suyo sigue aquí, en el asfalto, en los árboles, en la manera en que un crío de hoy corre hacia el agua sin saber que alguien tuvo que ganársela primero.

La Generación Fluvi creció sin conocer otra Zaragoza. Para ellos la ribera siempre fue un abrazo, el Parque del Agua el sitio donde quedaron el primer verano que salieron solos, y el Puente del Tercer Milenio, simplemente, el camino de siempre: no el fin de décadas de colapso viario, solo el puente de toda la vida. No lo cuestionan porque nunca tuvieron motivos para hacerlo. Son hijos del agua sin saberlo, y en esa ignorancia tan luminosa vive, intacta, la mayor victoria de aquel verano.

La política vive de legislaturas. Las ciudades, de generaciones. Lo que se construyó en 2008 fue una herencia pensada para durar más que cualquier mandato, una apuesta por la Zaragoza que vendría después, y los que pusieron el impermeable azul claro no lo hicieron para ser recordados. Lo hicieron para que sus hijos no tuvieran que recordar nada. Para que la ciudad fuera, simplemente, así. Y lo lograron.

Pero los legados no se sostienen solos. Heredar una ciudad implica algo más que administrarla: implica custodiar lo que otros construyeron para quienes aún no han llegado. Las ciudades crecen como los árboles, por capas, y heredar tanta luz conlleva el riesgo de acabar dándola por sentada, de confundir lo conquistado con lo permanente, de olvidar que entre la indiferencia y la pérdida la distancia es más corta de lo que parece.

18 años después de aquella cinta cortada, más de 800 de los árboles plantados en 2008 han desaparecido. El revolucionario ciclo del agua y su red de canales, concebidos como un pulmón de filtración biológica que hizo del parque un referente internacional, hoy languidece entre cauces secos, lodos estancados y sistemas de depuración abandonados. Las playas permanecen cerradas desde hace años, el Canal de Aguas Bravas suma otra reapertura frustrada que ahora se pospone hasta septiembre y la parálisis de los grandes pabellones vacíos sigue siendo ese problema crónico que la ciudad arrastra desde entonces sin que nadie sepa cómo hacerle frente.

Pero la desidia rara vez se conforma con un solo paisaje. Cuando una ciudad deja de cuidar lo que heredó, el deterioro acaba apareciendo allí donde menos se espera. En pleno casco histórico las excavadoras acaban de terminar hace pocos días con un edificio del siglo XVI en la calle Estébanes, donde permanecían elementos arquitectónicos de gran valor que llevaban años esperando que alguien los salvara. Nadie con capacidad real para impedirlo lo hizo. El solar, dicen, podría convertirse en apartamentos turísticos.

No es una catástrofe lo que está deshaciendo todo aquello. Es algo más silencioso y por eso más grave: el olvido pausado, la indiferencia que se instala cuando nadie vigila, el urbanismo que confunde derribar con construir. Dos formas distintas de perder lo mismo, el orgullo de lo que fuimos capaces de levantar juntos.

Uno se pregunta qué pensaría Guillermo al ver los canales secos, las playas cerradas, el palacio de la calle Estébanes convertido en escombro. Él entendió, antes que nadie y con 104 años, que custodiar una ciudad es también un acto de amor. Y el amor, cuando se delega, exige que quien lo recibe esté a la altura.

La gran paradoja de este aniversario es que ahora esos jóvenes, recién llegados a la vida adulta, son quienes tienen el derecho de exigirle madurez a una administración estancada en la desidia.

Porque este 14 de junio es una rendición de cuentas, es el momento en que el heredero mira al tutor a los ojos y le exige ver qué ha hecho con lo que era suyo. Aquel verano los ciudadanos demostramos que sabíamos estar a la altura. Lo que el día de hoy demuestra, con la crudeza de los daños sobre la mesa, es que la institución no ha sabido estar a la altura de su tutela.

En cada paseo junto al Ebro, en cada bicicleta y en cada tarde de parque queda algo de aquellos 40.000 voluntarios. La memoria colectiva funciona así, se hunde bajo tierra para que algo más grande pueda crecer encima. Pero la semilla no brota sola si quienes gobiernan descuidan el suelo.

Hace 18 años, esta ciudad apostó por la Zaragoza que vendría después. Esa Zaragoza somos nosotros.

La Generación Fluvi ya ha alcanzado la mayoría de edad.

Y cuando llega ese día, ya no basta con recibir las llaves.

También hay derecho a exigir explicaciones.

Generación Fluvi: hijos del agua, herederos de la desidia

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