La ciudad escorchada

Hay personas para las que su ciudad es algo más que un simple dato al dorso de su carnet de identidad. Hay para quien significa una extensión de…

Álex Garber
15 de septiembre de 2026
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Hay personas para las que su ciudad es algo más que un simple dato al dorso de su carnet de identidad. Hay para quien significa una extensión de su propio yo; algo así como un miembro protésico, un simbionte o una de esas relaciones de codependencia patológica entre madres e hijos. Yo soy uno de ellos. Cuando era un chaval y me intentaba ganar la vida de mil y una maneras, a menudo infructuosas, siempre me repetía «Zaragoza me cuidará, Zaragoza me cuidará». Es para que se hagan una idea de lo que mi ciudad representa para mí. Leí una vez una frase de Yosi, cantante de Los Suaves y poeta excelso, que decía «no sé ni cómo ni cuándo será mi muerte, pero sé seguro que será en Ourense»; me consta que Yosi es otro de esos casos de amor y admiración irracional por su ciudad. Y es que el lugar donde uno nace, vive y desea morir se lleva tan adentro que incluso notas que te late, que está vivo bajo tus pies. Su historia, su olor, sus aceras, sus callejones, sus portales, su sonido, sus luces, sus sombras, sus monumentos, las gentes que los levantaron… forman parte de uno mismo. 

La llevas tan adentro que, a veces, también te duele. Y la sientes quejarse, la oyes llorar, notas cómo intenta expresarte sus pesares. Yo ahora lo noto. Zaragoza me habla y me dice que está pasando una mala racha, está triste, apagada; me cuenta que la están mancillando y que —a pesar de su apodo de “inmortal”— se siente más vulnerable que nunca. Quizá desde que los franceses la arrasaron y diezmaron su población hace 220 años no se sentía así de mal, me cuenta. Y es que en estos momentos, al igual que sucedió en 1808, es una ciudad escorchada, sin piel, herida, intentando sobrevivir. Hay tantas obras, en tantas de sus calles, ocupando tanto espacio y tan prolongadas en el tiempo, que está a punto de desfallecer. Es incomprensible cómo este Ayuntamiento puede estar haciéndole esto a sus ciudadanos. Se supone que están ahí, en sus despachos de la sagrada Plaza del Pilar, para ayudarnos, para apoyarnos, para hacernos la vida más fácil. Pues es todo lo contrario: los únicos que se sentirán ayudados, apoyados y —sobre todo— con mejor situación financiera, serán los dueños de las empresas de construcción de obras públicas y los trabajadores que las llevan a cabo.

El ciudadano de a pie está condenado. Arrojado al mar de la ansiedad, los nervios, el hartazgo, la inmovilidad, la incredulidad, la rabia y el cortisol alto. No hay manera de caminar o circular por una calle, por una avenida, por un parque o por un barrio sin que te lo impida una obra. Eso genera un estrés que, silenciosamente, se apodera de uno mismo. El Ayuntamiento no lo sabe, pero pasará a la historia como aquel que se cargó la calma de sus habitantes, su templanza. Y además, ¿quiénes se han creído que son para levantarle las faldas a tan inmaculada señora? ¿Quiénes para mostrar sus vergüenzas? ¿Para modificar el aspecto y legado de una urbe milenaria? Ellos dirán que la están mejorando, pero no, es mentira. Talan los árboles, la calientan, llenan las plazas de cemento y baldosas, destruyen un patrimonio invaluable, le quitan a la ciudad su identidad, sus valores, su belleza. Supongo que es exactamente lo mismo que sucedió hace un siglo con el Paseo Sagasta. Al parecer —y según han contado siempre los que nos preceden— era un paseo a la altura de los más bellos de Europa. «El Paseo de Gracia aragonés» dicen que era, pues su majestuosidad y encanto eran similares a los de la señorial avenida barcelonesa. Cuentan que sus edificios eran un lujo para la vista y, por supuesto, un bien inmaterial de nuestro casco urbano. Hoy solo quedan dos o tres, y uno de ellos —la antigua clínica del Doctor Lozano— se cae abandonado a pedazos. Lo demás lo destruyeron todo, no queda nada. Me imagino la razón: solares vacíos = pisos = bolsillos llenos.

Pero lo que más duele es la ausencia de belleza en lo que construyen. La privación de esa belleza es uno de los males endémicos para los flâneurs: así se les llamaba en el siglo XIX a los paseantes metropolitanos sin rumbo fijo, absortos en sus pensamientos, de ojo avizor y alma encandilada. Yo he sido uno de ellos. No había cosa que más me gustara que ponerme mis cascos, darle al play y salir a pasear por la Zaragoza antigua. Empaparme de su leyenda y, a la vez, de su calma. Eso ya no es posible: los patinetes, la prisa, el turismo y la especulación la han matado. Últimamente veo en redes sociales —seguro también lo habrán visto Vds.— unas publicaciones virales de cómo era antes el diseño de nuestros edificios, muebles o artículos cotidianos, y de cómo es ahora. En las fotos se ve cómo la ornamentación y la decoración de los objetos era variada, preciosista, llamativa, original, singular; ahora todo es plano, recto, blanco y gris. No hace falta irse un siglo atrás para comprobarlo, se puede ver ahora mismo, en la actualidad, en mil y un ejemplos. Lo que han hecho, por ejemplo, con la Plaza Salamero es un crimen. Un homicidio en primer grado contra la belleza. Y lo vamos a ver también cuando se terminen las innumerables obras que hay en marcha. Y nuestros descendientes verán fotos antiguas de la —antes llamada— Plaza del Carbón y se preguntarán lo mismo que nos preguntamos muchos a día de hoy: ¿En qué momento se le dio la espalda a lo “bonito”? ¿Cómo es posible que la fealdad, el minimalismo peor entendido o el tedio visual se hayan apoderado de todo? Y, entre medio, el espanto de unas obras interminables y coléricas para unos zaragozanos que sólo añoran ya la tranquilidad y el sosiego.

(Para la realización de este artículo no se ha utilizado ningún tipo de IA, ni generativa ni correctora. Todo lo que lees es original, y tanto los errores como los aciertos son fruto de su autor)

La ciudad escorchada

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