SON COSAS DE CRÍOS

“Son cosas de críos” es una frase útil y sintética como pocas. Un poco frase “de mierda” si se me permite. Puede parecer inofensiva, como jugar con fuego.…

Abad Babier
15 de abril de 2026
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“Son cosas de críos” es una frase útil y sintética como pocas. Un poco frase “de mierda” si se me permite. Puede parecer inofensiva, como jugar con fuego. Y es verdad que no hay mejor manera de fulminar una conversación cargada de posibles consecuencias. Ojo, debajo de esas cuatro palabras hay un entramado de estructuras y palancas disfrazadas de inocencia, pero que rozan como calcetín de madera. 

Puede presentarse como una frase hecha cuando necesitamos saber si un conflicto es de tremenda importancia o una simple huevonada. No todo desacuerdo merece una asamblea obviamente, ni todo berrinche es el germen de una vida marcada por la desgracia. Crecer es un deporte de riesgo. Aprender a ser alguien en este santo planeta no es un proceso acolchado; es más bien un tira y afloja con más tira que afloja. Si a cada bache infantil que aparece llegan los adultos para poner los puntos sobre las ies, la infancia queda como un rail con poco valor añadido; poco más que procesar varias comidas diarias, hacer deberes, cumplir en las extraescolares, aprobar en el cole y lavarse los dientes. Sin conflicto no hay desarrollo, solo inercia. Si todo es conflicto a resolver no hay infancia, solo un nivel de cortisol desatado. Qué manía el dichoso punto medio, qué afán de protagonismo, siempre presentándose como solución, y siempre haciéndose el difícil. 

La cuestión de la frasecita es que no siempre es una forma de resaltar la futilidad de una situación,  muchas veces es negación. No debe usarse sin aceptar ciertos riesgos a un nivel muy profundo, porque mientras no seamos videntes, no podemos saber si esa “chorrada” va a traer o no consecuencias. Lanzar la frase como norma y afirmar siempre que todo son cosas de críos, no es perspicacia ni sabiduría, es absentismo educativo. No es lo mismo observar desde el criterio que mirar hacia otro lado.

En el fondo, la postura de los adultos con respecto a los conflictos de la infancia, tiene mucho que ver con lo que cada cual entiende por “normal”. Aquí el juego se complica. ¿Qué entiende el sistema educativo por éxito? ¿Qué conductas se premian? ¿Cuáles se toleran? ¿Cuáles se invisibilizan? La escuela, la pública, pasa sus días saturada y estandarizada, mendigando recursos, priorizando lo medible y atendiendo sólo lo urgente. Si no hay medios para atender desajustes notables, menos aún para lo que no es tan obvio. Quien no sufre como para activar ciertos apoyos, puede pasar años sin llegar a la desgracia, pero ignorando también lo que es el bienestar. Tristemente, es en ese limbo donde más niños pasan sus días, sin ayuda y sin aplausos.  

Las jerarquías y autoridades son fundamentales en esto. El profesorado interviene desde la autoridad institucional, suele ser la voz con peso, el rasero sin duplicar, la objetividad. Un padre o una madre difícilmente reaccionan sin dejarse llevar por sus sentimientos, naturales por otra parte. Por supuesto, cuando el amor filial está en juego, ser absolutamente imparciales con nuestras criaturas sería una barbaridad, aunque también lo sería actuar como animales en defensa de un cachorro, con o sin razón. En cuanto a lo que nos ocupa, lo peligroso y lo que hay que evitar, es que todo el mundo recurra a diluir las situaciones. Si solo se apuesta por “son cosas de críos”, el conflicto no desaparece y el silencio se hace cada vez más cómodo. Si todo es bullying, perdemos el bosque por mirar los árboles y es el dolor genuino el que termina pasando inadvertido entre tanto ruido. 

Desde luego estas situaciones no son fáciles de gestionar, sobre todo porque además nuestros hijos no son idénticos cuando están en casa o en el cole, con nosotros o con los abuelos, con unos u otros grupos de niños, en una extraescolar deportiva o en dibujo técnico. El niño encantador de casa puede ser un cretino sobresaliente en el patio; la niña tímida del aula puede ser una imponente sargenta en multideporte. Cuidado también con jugar al doctor Jekyll y Mr. Hyde: la personalidad infantil es elástica, sin más. Aceptar la versión desconocida de nuestras criaturas cuesta y es uno de los verdaderos retos de la parentalidad. Negar ese reverso, si existe,  protege nuestra imagen, sobre todo nuestra conciencia, pero solo asumirlo y trabajarlo protege la futura integridad de estos pequeños seres. Dicho mal y pronto, si tu hijo, o tu hija, es un poco imbécil cuando no estás mirando, tu deber es prestar tanta atención y tanto afecto entonces como cuando gozas de su mejor versión. Una cosa no quita la otra. Todos somos un poco basurilla en ciertos momentos. 

Parte de la muchachada encaja en la maquinaria y mantiene un buen rendimiento, muestra  habilidades sociales fluidas e incluso tiene ese desarrollo físico óptimo que resulta en la forma esperada y canónica para cada etapa. Hay otra parte, que tampoco tiene por qué mostrar patologías claras, y en cambio vive la infancia como una carrera de obstáculos. No porque estén rotos, sino porque el molde es estrecho e inevitable. De estos últimos, alguno florecerá en el mismo momento en que su entorno cambie. Muchas veces el tiempo pasa y coloca las cosas en su sitio sin que nada se arregle; porque no había nada que arreglar; solo había que encontrar el lugar correcto. Eso sí, hay gente que ha nacido para dar mal en todas partes. Si te ha tocado esa lotería, ánimo. Poco más que añadir ahí. 

La infancia no puede resolverse a brochazos y por supuesto no todo son “cosas de críos”.  Es curioso que entre la epidemia del síndrome de Peter Pan, la manía de quedar bien a cualquier precio y la culpa esa religiosa que arrastramos, parece que darle cierto número de vueltas a las cosas no queda bien y jugamos a aligerar todo más de lo debido. Es curioso que dedicar tiempo a pensar cómo se educa, qué límites se ponen o cómo es el mundo que habitan los niños parece obsesivo. ¿Cuántas veces habéis oído eso de que la gente con hijos no habla de otra cosa? Efectivamente, la frase “son cosas de críos” aparece habitualmente cuando tocaba hablar en profundidad de la infancia, pero no queremos romper la armonía de esa cañita fresca que estamos tomando a golpe de conversación casual. También se oye cuando algo impacta sólo en la sensibilidad de unos pocos y a la mayoría le vale con ignorarlo. A veces ignorarlo ni siquiera es algo reprochable porque muchos no son conscientes de que haya algo que mencionar. Seguro que has visto cosas que a tus ojos son casi denunciables y te han respondido “ala tira, que son cosas de críos”. 

Deducir qué hacemos y establecer el criterio que define cuándo usar esta frase, y cuándo no, es una obligación de los adultos. De todos. Hay que valorar los daños, ser coherentes con los valores que queremos sostener, intervenir conscientemente y, si no intervenimos, no hacerlo como ejercicio de confianza, no por pereza. No hay nada más importante que la infancia. Hoy nos pondremos de acuerdo en la importancia de la vida temprana, los derechos de los niños, sus dinámicas y sus dilemas; pero sería mucho más bonito hacer un pacto de presencia y atención que no se diluya a las doce de la noche de un 15 de abril como este. 

La infancia no es un ensayo, es tan vida como la de después. Los conflictos no definen el futuro por si solos, pero van cambiando la baraja antes de repartir las cartas. El reto es saber quedarse entre el dramatismo permanente y la ligereza excesiva, sin tocarlos. Le debemos más atención consciente a las “cosas de críos”, porque los críos de la frase están a dos tardes de no ser tan críos.

SON COSAS DE CRÍOS

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