Mari Carmen, Lorca y los demás

Noventa años lleva muerto Lorca y oye, que no lo dejamos tranquilo. Ni Ian Gibson, ni sus colegas especialistas en el tema, han podido aclarar o establecer certezas…

Abad Babier
9 de octubre de 2026
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Noventa años lleva muerto Lorca y oye, que no lo dejamos tranquilo. Ni Ian Gibson, ni sus colegas especialistas en el tema, han podido aclarar o establecer certezas sobre las razones que llevaron a Federico G.L a terminar asesinado, pero a los vivos de estos tiempos, que ni estuvimos cerca, nos sobra ligereza a la hora de enumerar, casi siempre con total seguridad, las razones de su muerte. Algunos, creo que eligiendo estratégicamente el término de entre los disponibles, dicen que lo mataron por maricón; otros aseguran que fue por rojo. Aquellos que prefieren mantener sus pensamientos en una esfera más privada se limitan a recordarnos que, en las guerras, pues ya se sabe. 

Gracias a las investigaciones se han podido conocer muchos detalles que arrojan luz sobre las circunstancias del asesinato del poeta, pero nadie ha sido capaz de aseverar nada. No hay verdades absolutas. En cualquier caso no parece ser relevante ni lo que se sabe, ni lo que no, porque con independencia de cuanto se sepa, nadie nos va a impedir decir lo que nos dé la real gana. El objetivo hace días que dejó de ser saber y se centró en ganar; ganar en conversación, pero también ser la mejor persona de la sala. Perdióse aquel vicio de hablar hasta encontrar lo que pueda encontrarse. Y si no se perdió, se pierde cada vez que un dato choca con un ego frágil. 

Una cosa: ni defender algo por postureo convierte lo defendido en mentira, ni todas las posiciones disponibles en un debate merecen el mismo crédito. La única vara con autoridad para medir es la información disponible y el peso que dicha información tenga. A saber: el peso de las informaciones es directamente proporcional a la fiabilidad de las fuentes, multiplicada por la suma de la trayectoria de sus redactores y su campo de trabajo, partido por el sesgo ideológico que muestren.

El sesgo siempre está, pero no hay fórmula que determine su magnitud, porque solo quien está sesgado necesita medir el grado del sesgo ajeno; valga la paradoja. Generalmente la información disponible suele perder protagonismo cuando vemos peligrar el objetivo último, que no es otro que imponer las conclusiones (las nuestras). Si, las conclusiones suelen estar bien definidas antes que los debates hoy en día, por desgracia.  

Con Mari Carmen pasa parecido. En el mismo instante en el que falleció, entró de lleno al arsenal de argumentos políticos contemporáneos. Su muerte ha sido simultáneamente culpa de los fondos buitre, del gobierno, de las administraciones competentes, de sus anteriores caseros y de la policía que ejecutó el lanzamiento (así lo llaman). Cada cual ha encontrado la manera de confirmar que lo que pensaba antes de la muerte de esta señora era completamente cierto, incluso antes de terminar de leer la publicación correspondiente. Al margen de esto, es verdad es que parece bastante útil lo de ir acomodando la realidad a las opiniones propias, porque así, siempre se tiene razón.  

La putada, con perdón, es que detrás de una situación de estas características, hay decisiones individuales, políticas públicas, legislaciones, un mercado inmobiliario oscilante, responsabilidades administrativas, circunstancias personales y otro millar de cuestiones que hacen imposible saber dónde está el mayor porcentaje de culpa. Si vamos a buscar culpables, no vale señalar solo al que mejor combina con nuestra lectura de la situación, hay que intentar señalar bien; con criterio, intentando por todos los medios que el resultado tenga, al menos, un porcentaje mínimo de objetividad (si eso existe). Ni aún sabiéndolo todo podríamos atribuir la muerte a una sola causa. 

Mari Carmen y Lorca no encarnan situaciones similares, pero sí animan por igual a preguntarse por qué los vivos hacemos lo que hacemos con los muertos. La tentación de apropiarse de una vida acabada en el plano simbólico es gigantesca. Lorca es menos Lorca que homosexual según quien hable, y también es más católico que maricón en otros lares, incluso más destacable por tolerante con los falangistas que por afín al bando republicano según qué quiera subrayarse. Lo único seguro es que Lorca murió cuando no le tocaba. Con Mari Carmen pasa parecido. No sabemos con total seguridad si es víctima del capital o se aprovechó de un fleco franquista, porque a su relato le da forma quien lo cuenta, pensando en un objetivo y en paralelo a la verdad. Solo ella se conocía, pero la parte del cuento que no cambia, es una en la que una mujer mayor se ve obligada a luchar fuerte y sin merecerlo, en una etapa frágil de su vida. Eso solo aparece como guarnición emocional en todas las versiones, y es terrible.

Estamos tan absortos por las cuestiones ideológicas que olvidamos la sencillez de los contratos esenciales y los acuerdos básicos. Por supuesto que nadie debe ser asesinado por sus ideas, su orientación sexual o sus enemistades y nadie debe jamás debe verse desamparado en un estado que quiera presumirse empático y en el que hace tiempo se acordó levantar entre todos a quien cae en un bache. Es desesperante la capacidad que tenemos para destruirnos en nombre del absurdo placer de disentir con el enemigo. 

De la Guerra Civil deberíamos haber sacado como mínimo una conclusión clara: si en lugar de ver personas vemos rojos, fascistas, creyentes, ateos, ricos, pobres, heterobásicos y maricones; todo se oscurece. Pero dale perico al torno y dale con coger un crimen del 36 para maldecir a alguien por sus afinidades políticas en 2026. 

Lo complicado de beatificar civiles y generar mártires, es que, al igual que cualquier persona, también fueron todas las versiones de sí mismos que necesitaron ser en una misma vida. Lorca fue a la vez rojo, maricón, poeta, simpatizante de la república, amigo de los intelectuales granadinos, enemigo de las élites, tolerante con los falangistas, probablemente algo cabrón con algunas personas y un encanto con otras; estoy seguro de que cocinaba como dios. Seguro que Mari Carmen tuvo en su tránsito tardes de celebrar con sarcasmo que Franco hubiera existido, cuando en la misma mañana se había cagado en alguno de sus muertos por todos sus asesinatos, y seguro que más de un día se partió de risa viendo lo que pagaban de alquiler sus vecinos; en comparación con ella, claro; pero probablemente más de un día lo vivió como una fortuna que conservar y no como un derecho incuestionable, porque Mari Carmen, como todos, tenía tanta luz como sombra proyectaba. Nuestro papel es interpretar las cosas y aprender de ellas, no justificar o condenar vidas a posteriori y hacer un escrutinio de buenas y malas acciones para validar las opciones de uso de un nombre como proclama y símbolo.

El pensamiento hacia delante se sostiene en las retrospectivas humildes, en las reparaciones lógicas, en la intención de no pisar las mismas piedras. Usar las muertes como escudos humanos para las guerras personales nos hace manipulables como sociedad. Toda esa razón que tenemos de forma individual es inútil en el plano colectivo, por grande que sea. Cuanto más ruido hay dentro del coche menos se oye la carretera. 

Lorca ya no necesita ni pide nada. Mari Carmen tampoco. Más valdría recordar que cuando discutimos, lo hacemos con personas, no con peones de una partida de ajedrez que juegan otros.Si para cada tragedia encontramos nuevas razones para inmovilizar nuestra opinión y afianzar enemigos, solo conseguiremos que los muertos sigan perdiendo después de muertos. 

Mari Carmen, Lorca y los demás

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