Cantos de sirena

Durante los últimos meses, hemos podido notar que veníamos de un largo periodo viviendo atrapados. Habrá quien perpetúe la situación consciente o inconscientemente, pero mucha gente ha salido…

Abad Babier
17 de junio de 2026
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Durante los últimos meses, hemos podido notar que veníamos de un largo periodo viviendo atrapados. Habrá quien perpetúe la situación consciente o inconscientemente, pero mucha gente ha salido de una relación tóxica. Una relación en la que la sensación de maltrato está presente y las prácticas abusivas son negadas sistemáticamente por los agresores. Héroes de la libertad, líderes de movimientos de paz, concordia y derechos humanos, que han sido puestos en tela de juicio; porque con la mano izquierda dibujaban un vergel de armonía social, bienestar, oportunidades y multiculturalidad cordial, mientras con la derecha ocultaban con maldad pura y sintética un baúl lleno de tratos cuestionables a sus trabajadores, de abusos de poder, de codicia, de desprecio a quienes dicen defender. Siempre negando la mayor; de ahí la toxicidad. De ahí que mucha gente haya salido, como decía, de esa relación de admiración y respeto en la que seguían a ciegas el camino, sin preguntar de dónde venía el dolor que muchas veces sentían. Otros muchísimos; y muchísimas por supuesto, siguen absortos por esa rutina en la que una palabra amable basta para soldar a hierro y fuego una lealtad ciega e inquebrantable, independiente del número de golpes recibidos. No hay prueba ni traición tan grande como para negarse a escuchar ese canto de sirena que de buena gana escuchan quienes creen estar en un supuesto lado correcto de la historia; por mucho que aquellos por los que discuten cada día sean probados ladrones. Como decía Coque Malla, no hay manera. No hay manera de romper el magnetismo que te atrapa al ver tus insultos convertidos en verdades necesarias. No hay más ciego que el que no quiere ver. 

Que nos mientan cerdos retozones desde los lodos de la codicia, tiene un pase; por la costumbre. Despertar de las manipulaciones de los moralistas y descubrir que no eran más que eso; moralistas; produce un dolor insoportable. Nos hicieron pensar que andar su camino significaba ser buenas personas. Dormíamos con la conciencia tranquila porque habíamos elegido un equipo que ganaba de manera justa y perdía solo si le hacían trampas. 

Lo malo de despertar de golpe es recuperar la conciencia. De repente brotan esos siglos de adoración acrítica a los adalides de lo bueno. Rousseau decía que si alguna chispa de maldad nos brota, será porque la sociedad nos maltrata, porque lo que es nacer, nacemos buenísimos. Claro, después de deshacerse de sus cinco hijos porque no le venían bien, fue una fantástica terapia disfrazarse de pensador castigado. Pobre mozo, obligado por la injusticia filosófica a enviar a su descendencia a algún hospicio buscando la educación igualitaria, ignorando lo de las tasas de mortalidad de estos centros. Vaya cuajo el tío. Más tarde, el héroe de la clase obrera, el azote del capital, “El Charlie” para sus amigos, Karl para el resto, siguió sus pasos negando con ahínco su relación con algún hijo y transitando sus años de teórico anticapitalista a la salud de los pingües beneficios de las fábricas de su amigo Engels, que era obrero como un rolex. -¡Luchad por vuestros derechos camaradas! decía Marx mientras condenaba a la miseria a aquellos de sus suscriptores que se envalentonaban contra el patrón. Sin paracaídas que arreglara el impacto, bofetón al canto. Jefferson esclavizaba personas con el proceso de selección más racista de la historia de los recursos humanos, al grito de que todos los hombres nacían iguales (de las mujeres no sé qué decía). Es verdad que comentó algo de dejar de importar esclavos a EEUU, pero se servía simultáneamente de cientos de ellos hasta el día que le alcanzó la muerte. Cabalgando contradicciones el tío antes de ponerse de moda. Beauvoir enarbolaba la igualdad y luchaba públicamente contra las relaciones de dominación, mientras firmaba manifiestos para despenalizar las relaciones con menores o manipulaba en privado, sórdidamente y de la mano de Jean Paul Sartre a jóvenes estudiantes – no confundir con J.P Gaultier, ese es el de las colonias-. Este último, por cierto, sentando cátedra también con lo de la libertad individual y denunciando la opresión burguesa, pero a la chita callando ante ciertos crímenes de la URSS de Stalin o la China de Mao. Claro, es que luego el capitalismo occidental se crece con las torpezas de otros, y eso sí que no. Un poco de regusto a Dèjá vu me ha venido al mencionar esto.

Somos los mejores confiando de manera recalcitrante en gente que no cree ni la mitad de lo que anda predicando. Cuidado con la fracción de sociedad pensante new age, que ponen el cuerpo por sus ídolos mientras afirman que no podemos exigir coherencia total a quien lidera, porque nadie está libre de pecado. Qué quieres que te diga, mientras no pretenda dirigir un país o ser escuchado y obedecido, diré y haré lo que me venga en gana. Es más, quien pretenda ostentar un puesto de referencia, que se atenga a ser escrutado cada día hasta el dolor. Si bien no ha sido así hasta ahora, debería serlo desde ya. 

Demasiados años van ya de clamar contra la corrupción con una mano y borrar mensajes con la otra, de inventar demencias momentáneas para escurrir bultos y borrar la propia memoria quirúrgicamente para negar indicios. Estoy seguro de que a ti también te pasa. La mentira ya no te indigna, simplemente revisas por encima para confirmar el bando señalado. Hemos convertido la política en una liga de clubes ideológicos, otra competición deportiva más, con equipos y fanáticos emocionalmente desbocados. Hay que ganar la liga. Si nuestro goleador roba, esperamos escépticos al juicio. Si nuestro entrenador miente, atacamos a la prensa. Si la directiva se contradice, reconocemos que ha evolucionado. Eso sí, si el rival miente, cuidado. Lo que para según quién es un caso aislado, para según cuál es una prueba definitiva de estructura corrupta. El doble rasero se queda corto ya.

Es sencillísimo entender por qué los líderes son incoherentes, corruptos y mentirosos. Lo son porque pueden, porque saben que da igual lo que hagan mientras el marketing sea potente. Si la parroquia está activa y la fidelidad se alimenta consistentemente, no hay problema. Son como influencers; da igual que no puedas pagar el alquiler, lo importante es que compres el suplemento para esos bíceps de macho alfa o que saques tiempo de calidad para tí misma, porque si quieres puedes; agotada después de 12 horas de turno. Traga dogmas, aunque no encajen ni por asomo y la única manera de darles forma sea ignorar si algo de lo prometido es cierto. 

La polarización que sostiene todo esto no es solo culpa de las campañas y los medios; es culpa nuestra en gran medida. Sustituir el pensamiento crítico por fanatismo y convertir nuestra visión del mundo en una simple toma de partido, sin comprender en profundidad las cosas, vacía el debate y nos hace manipulables. Nos tiramos tomates mientras el futuro se oscurece. No ayuda que posicionarse rápido y desahogarse en redes sea mucho más satisfactorio y rentable socialmente que dudar, contrastar y reservarse la monserga hasta saber del todo si algo es cierto.

La coherencia importa. Más que la retórica, más que el carisma, más que los vídeos bien editados y los discursos redactados por escritores a sueldo. Aquello que consideramos bienestar se destruye cuando aplicamos rebajas a nuestras exigencias mínimas. Hemos confundido tolerancia con permisividad, pluralismo con relativismo y lealtad con servilismo.

La revolución será separar las ideas de las marcas. Urge empezar a castigar colectivamente las incoherencias y las traiciones, independientemente del color político, el bando, o el apellido de los culpables. Es perentorio dejar de justificar las corruptelas “porque los otros también”. 

Todos formamos un organismo interdependiente y aunque hay quien no quiere admitirlo, el daño infligido a una parte nos afecta a todos. Es necio defender a quien traiciona nuestra confianza como sociedad según su bandera, porque la gravedad de un crimen nunca dependió del criminal. Todos creemos que nuestro pastor es sabio y honesto; el otro un farsante. Si la verdad depende de quién la cuenta, muere el criterio y solo queda pertenencia. Si, también nos contradecimos en el pueblo llano, pero nunca será igual traicionar nuestros principios en casa, que vender ideales al peso como estrategia para perpetuar ciertas maquinarias desde pedestales. Lo segundo nos duele a todos y es imperdonable; aunque lo perdonamos porque “más vale malo conocido”; o eso dicen todos los programas electorales modernos. ¿Ya no hay “bueno por conocer”? -Si se te ocurre algo dilo, a ver si entre todos…

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