Lo de darles móviles a los críos ¿qué?

Qué delicia estos meses que apuntan al verano. Incluso ahora, que por la esclavitud normalizada y la precariedad, el legendario agosto suele ser en muchas familias un marzo…

Abad Babier
22 de mayo de 2026
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Qué delicia estos meses que apuntan al verano. Incluso ahora, que por la esclavitud normalizada y la precariedad, el legendario agosto suele ser en muchas familias un marzo de notable bajo, pidiendo atención con algún desabrido y brusco giro climático. Eso sí, invertir algún doblón y tiempo en hedonismo de buen calor, terraza y caña es felicidad a cambio de poco. Por poner un pero, es cierto que esas mesas al sol pintan un cuadro que se traduce al contemplarlo en imágenes mentales de exorbitante ultraviolencia, porque madre de dios bendito. Puro “Almuerzo de los remeros” de Renoir, pero en lugar del perro de Aline Charigot (la niña de la izquierda) es una pantalla pequeña. La escena impresionista se embadurna hoy de pútrida decadencia contemporánea: niños con mirada bovina, ausencia de expresión, sordera transitoria, manchas de la bebida que toman sin atención y semblante de bien lobotomizados al estilo siglo XIX. Las terribles consecuencias demuestran que lo audiovisual es más lesivo que las torturas propias de la industrialización. Ojo, la búsqueda de la perfección en la crianza al estilo influencer me parece vomitiva y los domingos enlazando películas, comiendo palomitas, chuches y bollos son gloria bendita; pero claro, comparar esto, o el salón poblado de familia en torno al televisor, con darle un móvil o tablet a un crío, es lo mismo que insistir en las bondades de haber sustituido el café con leche por redbull. No te lo crees ni tú. 

Si la premisa te chirría o sientes la necesidad de justificar que tu uso del teléfono como silenciador infantil es perfectamente responsable y mesurado, date cuenta de que hasta el ‘92 no existían estos cacharros, que ya había familias en sitios siglos antes y que, existiendo pinturas, libros, juegos y, por encima de todo, la imaginación, cualquier tesis destartalada será probablemente un eufemismo de algo mucho menos atractivo y más viejo que la tos: la desgana. Y una falta de criterio alarmante. Irresponsabilidad también; sí; sobre todo eso. Ah, perdón; y unos negligentes huevazos como la bola del mundo de la Plaza del Pilar, independientemente de tu género. De esto último, dos.

Es innegablemente cierto que lo de hacer hijos es maratoniano. Como para toda la vida en condiciones normales, nada menos. No obstante, los períodos cruciales del desarrollo del cerebro de una persona son dos telediarios. La motricidad, el lenguaje, la autorregulación emocional y la cognición social están ya para sacar del horno a los ocho años. 

Teniendo en cuenta las horas de sueño, la guardería, infantil y el primer ciclo de primaria, con horarios normales y sin comedor, nos quedan unos tres años y medio, de ocho, para estar con nuestros hijos. Si trabajas a turnos o en festivos, la mitad. Pues aun así hay quien necesita un respiro. Resulta que una anécdota irrelevante merece más nuestra atención que aquello de “mira papá” o “mira mamá”. Claro, como no se hacen mayores a la velocidad de la luz, ya habrá ocasiones para verlos ser pequeños; así que cuéntame otra vez lo de tu amiga y ponle al chaval otro capítulo de Peppa Pig. 

Por dios, aunque sea por egoísmo, si la intención es que no te molesten, saca la cabeza del trasero y verás que sale más cara la persona que no se concentra, no puede ir en coche sin pantalla y no puede comer en un restaurante sin el móvil, porque nunca se hizo el esfuerzo de enseñarle. Para los adultos a cargo de niños y niñas cuya incapacidad social no tiene nada que ver con las pantallas ni, por supuesto, con su crianza, un apunte: todo el mundo no puede ser neurodivergente; los hay sencillamente insoportables. Por mucho que las prevalencias de ciertos trastornos crezcan a ritmo de deuda pública, eso de que mucha mala educación de la que vemos, resulte ser cosa de las altas capacidades o cuestiones análogas, huele un poco. Al no conocer a fondo la cuestión de los TDAH, los PAS etc., cierro la boca, pero en cuanto al tema de la inteligencia suprema, si tiendo a reparar en lo paradójico que resulta cómo lo de estar más apoltronados que nunca, está siendo a la aparición de humanos superdotados como la humedad a las setas. Tremenda producción masiva e involuntaria de cocientes intelectuales desmedidos, sin siembra ni esfuerzo; asombroso. ¿Cómo no habíamos caído antes? De momento sigamos tirando barro a la pared y, para no limpiarlo, lo llamaremos arte, que parece que funciona

Me gusta especialmente la ignorancia voluntaria no reconocida tras la afirmación de que estos cacharros son solo herramientas y que se las damos para que no se queden atrás. Empero, estos agujeros negros de atención, diseñados por mentes brillantes para hacernos adictos, son fuentes de recompensa inmediata en manos de humanos a medio hacer. No les aporta nada útil, solo le quita labores a la corteza prefrontal. Equivocarse, aburrirse, salir de un aprieto, encontrar palabras para expresarse y reaccionar pone a trabajar sus redes neuronales y explota su creatividad, los hace resolutivos. Entregarles este elemento dichoso les quita experiencias; no inventan juegos ni conocen la ficción, porque siempre hay algo tangible para inhabilitar su cerebro. De ahí la ofensa que les supone el aburrimiento.

Igual estoy exagerando. Puede que enfrentarse a sus propias mentes hipercapaces sea abrumador, como trasvasar el Ebro con vasos de chupito, y por eso sean respondones y no sepan mirar a los ojos a otro ser. ¿Y si al estar en silencio el propio sentido de la vida está tomando forma en sus megacerebros y es tal la magnitud de la información que sólo les queda esconderse o romper a gritar, faltar al respeto a sus padres y patalear? Es que igual nos estamos alarmando de más. Empiezo a pensar que igual se los damos por su bien, o “por si acaso”.  Pero es que hay teléfonos con los que hacer y recibir llamadas exclusivamente y cubrir aquello de si les pasa algo. Cuántas dudas. Qué sé yo. 

Sarcasmos a parte y sin demonizar la tecnología, debemos analizar el daño y reconocer lo cerca que está la irreversibilidad. No podemos seguir compartiendo vídeos que demuestran que jamás nos equivocamos y huir hacia adelante. #nopasanada. Toneladas de reels de educación consciente que vertimos como ideas propias, pero lo de ver hoy una criatura desenvolverse con soltura parece una efeméride. -¿Has visto Lucas y Lucía que han dicho buenos días con una sonrisa? ¡Qué majos y qué listos! Mucho vídeo y pocas nueces. El diagnóstico es más sencillo. No hay que convencer a nadie joven de mirar una pantalla o tragar nocilla. La orientación en crianza es más sencilla: el camino correcto es por donde cuesta. El móvil es demasiado fácil para ser bueno. También sé que es desalentador y atractivo el mantra “es que todos lo tienen”, pero no podemos tener tan poca personalidad.¿Desde cuándo son referencia las mayorías? Todos lo tienen porque sucumbimos a la pereza. Esa excusa de la integración no se sostiene bajo ningún concepto; una recua de niños con móviles no es pertenencia, es muerte en vida. 

¿De verdad vamos a normalizar los veranos de criaturas con el cuello a noventa grados mirando pantallas en silencio? ¿Aceptamos esto como el signo de los tiempos? La tecnología parece imponerse por sí misma cuando negamos nuestra culpa y jugamos a ser víctimas del presente. El sistema no lo pone fácil, pero somos responsables de la destrucción masiva de mentes en la infancia cuando llamamos autocuidado a la dejadez y afinamos nuestra cómoda habilidad de convencernos de que no es para tanto. ¿Cuánto vale lo que hacemos mientras miran la pantalla? 

Por desgracia, no hay afirmación más peligrosa que la de que nuestra propia mierda no huele. Quizás podríamos empezar por analizar las recompensas puntuales recibidas por sacrificar la salud emocional de tantas generaciones.

Lo de darles móviles a los críos ¿qué?

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