La verdad verdadera y el mundo a medias

A ningún ser humano viviente se le escapa que el diálogo ha fenecido. Pero no fenecido como la planta que parece muerta y se cubre de hojas rojas…

Abad Babier
29 de abril de 2026
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A ningún ser humano viviente se le escapa que el diálogo ha fenecido. Pero no fenecido como la planta que parece muerta y se cubre de hojas rojas a fin de año. Fenecido del todo; de oler fuerte, de no resucitar, ni al tercer día ni al cuarto.  Porque digo yo que si me aprieto un menú del día; de primer plato y principal, de agua, vino y gaseosa, con pan, café y postre; disfrutando a cada paso y celebrando al final el trabajo de la cocina con ambas manos posadas sobre una tripa bien gobernada; por mucho que la silla me haya parecido algo incómoda, poca sospecha queda de que odio el restorán. Sin embargo, ya son mayoría quienes ignoran los ocho números que hay entre el 1 y el 10. Desapareció lo que había entre el suspenso y el sobresaliente. Suficiente, bien y notable han terminado en la cola del paro y lo que nos parece medio bien o no del todo mal se ha quedado sin representación.

Mucha gente dice que viajaría al pasado para aniquilar un bebé austriaco, pero yo volvería atrás en el tiempo con una primera parada obligatoria en el momento que empezamos a pensar que “luchar” por cosas entre nosotros era buena idea. Pobre refranero; “juzga a las personas por sus palabras e ignora sus actos” dice ahora que lo han roto. ¿Y a mí qué tu calidad humana? Si puedo cagarme en tus ancestros porque tu opinión me lo permite, allá que voy. No queremos verlo, pero solo una magia negra es capaz de ponernos a pelear gratis por lo que antes de ayer ni conocíamos. Todo aquello por lo que juzgamos de más a otra gente, viene ya muy pulido cuando nos llega por redes o en el bar. Pensar que sólo nosotros representamos al bien y hemos escapado de un proceso de manipulación es, como mínimo, optimista. No obstante, todos creemos que nuestro argumento es el bueno, el puro. 

La pureza emborracha y la embriaguez esconde detalles. No tenemos derecho a que nos escuchen. Encima, si por aquello de la coherencia, decidimos dar ejemplo y valorar todo argumento que nos sobrevenga antes de emitir juicios, perderemos el dulcísimo placer de sentenciar rápido ciertas cosas. Qué pesadez las dicotomías. Con lo cómodo que es hablar y que rápido surge la tentación de mandar a escaparrar cuando escuchamos. Más con quien desconoce su estupidez o la ignora. Ni bozal llevan, ni brazalete que los identifique; pero ojo: debe de haber, seguro, gente nociva que silenciar, porque sin ser intolerantes nos pide el cuerpo tolerar muy poco de tanto en tanto. Obviamente, no tolerar lo intolerable es sentido común o jarabe democrático; según dónde. Pero intolerancia mala sería solo si lo intolerado fuera tolerable en realidad. ¿Qué es lo tolerable? Tú sabrás, digo yo. 

Hanna Arendt hablaba de valores elementales y principios fundamentales comunes a todos, como si toda idea fuera potencialmente tolerable, pero a la vista de que ahora la salud social depende de certezas absolutas, mejor neguemos eso del mundo común. Hay mentes peligrosas y punto. Hay discursos intocables y perfectos, punto otra vez. Las mentes pensantes son idolatradas o repudiadas. Qué suerte vivir en una época en la que tanta gente sabe la verdadera verdad de las cosas. Andamos a leches, pero debe ser buena señal porque las eminencias saben hasta lo que no está escrito y echarían del mundo a la mitad de la gente. La democracia depende de dos reglas. La primera: Jamás abandonar la certidumbre salvo para ofrecer doctrina. La segunda: Una palabra clave bastará para odiarte

Qué gran tiempo el presente, que civilizado todo. Por fin se quiere aislar a la gente peligrosa. A fuerza de ver la naturaleza, entendimos al fin que no hay mejor manera de calmar bestias que encerrarlas a oscuras e insultarlas sin opción a responder. 

Ningún bando quiere admitir que actúa siguiendo esta lógica, pero si lo estoy haciendo bien, ya sabrás de quién estoy hablando. Si esta tribuna está bien estructurada, a estas alturas tendrás clarísimo las locuras censurables que señalo entre líneas y quienes luchan contra ellas desde el lado correcto de la historia. De tí dependen los límites. Y de mí, claro. Por fortuna hemos desechado la lesiva costumbre de contrastar opiniones, preguntar, acudir a fuentes sólidas y dudar. Horrible la duda estando todo tan claro, coño ya, hombre. U hombre ya, coño; según seas buena persona o no.

Es cómodo tener razón siempre, sobre todo frente a la ausencia de moral. Nunca se mea fuera del tiesto en posesión de la verdad, más que nada porque le salen ruedas al tiesto y lo movemos. Ni el valium relaja más que tolerar solo lo asumido de antemano como bueno y cierto.

Ahora bien, por juguetear un poco, vamos a salir de la zona confortable, que además está de moda. Imagínate que esa mitad de las personas del pueblo llano que no debemos escuchar, se levanta por la mañana sin deseos de hacer el mal. Imagínate que toda esa parte de la población sale de la cama para intentar vivir con dignidad, algo de seguridad a corto plazo, una buena oportunidad de vez en cuando, la mínima atención necesaria a su singularidad y algo de felicidad, aunque sea los domingos. Volvámonos locos: ¿Y si prácticamente todo el mundo estuviera más centrado en sobrevivir que en promover ideas que amenacen la civilización? ¿Y si resulta que en la otra trinchera delinquir, herir, matar, amenazar, maltratar, robar, corromper, sustraer, prevaricar, insultar, menospreciar, mentir, cotillear y difamar está mal también? ¿Y si la única diferencia son las prioridades y en lo básico somos compatibles? ¿Y si para unos el orden es más importante que la identidad y para otros la igualdad es más importante que la seguridad, pero todos buscan simplemente encadenar tres días tranquilos por una vez en la vida?

Atendiendo a los consensos más que a las discrepancias, los problemas tienden a diluirse. Todo el mundo es el resultado exacto de su empeño por estar bien y sin embargo, cualquier orden de prioridades distinto al nuestro se asocia al enemigo. Será que la bilis es más rentable para yo que sé quién. Repetimos las proclamas de los que desprecian mejor y más alto, recompensando más un buen insulto que la búsqueda de la concordia. Las diversas inquisiciones hacen fortuna convirtiendo la equidistancia en sambenito y equiparando las preguntas incómodas con amenazas. Antes este tablero era propiedad de las religiones y se hablaba de pecados, averá, haram, akusala; herejes y herejías. Hoy jugamos todos y, como siempre ha sabido la iglesia, ignoramos nuestra ignorancia y señalamos personas sin rozar los argumentos. Ni nos damos cuenta de la paradoja: defendemos nuestra noción de libertad mientras decidimos quién no merece ser escuchado. 

Recuperar el mundo común de Hannah es posible. Solo hay que recordar que la ira no alimenta, que defender unas banderas u otras no tiene sueldo y, que si existe un enemigo, es el que nos intenta vender verdades absolutas, dogmas y doctrinas. No debemos sostener a nadie que nos quiera lejos de la mitad más uno de la gente. 

 La verdad verdadera y el mundo a medias

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