La herencia rota de los Pinares de Venecia

Ayer fui a caminar por los Pinares de Venecia con una amiga. Los dos somos de Torrero y hay lugares que uno no conoce con la cabeza sino…

Jorge Herrero
7 de julio de 2026
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Ayer fui a caminar por los Pinares de Venecia con una amiga. Los dos somos de Torrero y hay lugares que uno no conoce con la cabeza sino con las piernas. Sabíamos perfectamente dónde empezaba la sombra, dónde el suelo se volvía polvo en agosto y dónde estaban esos claros que antes no existían. El pinar olía igual que siempre, a resina y a tierra caliente, a esa promesa antigua que hacen los bosques de seguir ahí mañana, y durante un buen rato fue posible olvidar que llevamos meses hablando de concursos de acreedores, planes urbanísticos y recursos judiciales. Sin embargo, al levantar la vista entre las copas de los árboles, aparecieron las estructuras del Parque de Atracciones con las puertas cerradas.

Hay silencios que resultan extraños, como el de una iglesia vacía o el de un colegio en agosto, pero el de un parque de atracciones detenido por primera vez en más de medio siglo tiene algo de infancia suspendida en el aire, como si aquellas atracciones inmóviles fueran el decorado abandonado de un teatro al que le hubieran apagado las luces antes del último acto. Seguimos caminando y bajamos la cuesta hacia La Junquera, donde todavía huele a humo. El incendio de hace unos días es la última cicatriz de un mapa sentimental que estamos perdiendo a plazos. Demasiados símbolos desapareciendo en muy poco tiempo.

Pero para entender la magnitud de lo que estamos perdiendo hay que recordar que este paisaje no siempre fue verde, ya que donde hoy se levantan los imponentes y silenciosos Pinares de Venecia se extendía un monte áspero y erosionado, una estepa castigada por el cierzo donde plantar un árbol era casi un acto de fe y una apuesta por un mañana que uno sabía que no vería. Los barrancos que surcaban la loma permanecían secos 11 meses al año y solo despertaban con las tormentas, cuando el agua no empapaba sino que arramblaba con todo en un paisaje de canteras de yeso, parideras y colmenas que resultaba útil y desnudo, sin ninguna pretensión de belleza. Pocas ciudades pueden señalar una obra colectiva de semejante escala, porque aunque Zaragoza levantó mercados, puentes y avenidas, ninguna de esas construcciones transformó tanto el paisaje urbano como aquel bosque plantado sobre una loma de yeso donde parecía imposible que creciera nada, convirtiéndose, con toda probabilidad, en la mayor obra ambiental realizada jamás por esta ciudad.

A mediados de los años 20 la prensa local empezó a recoger un runrún que parecía una auténtica locura para la época, que no era otro que la necesidad de que los vecinos tuvieran un pulmón de aire puro más allá del Canal. Zaragoza decidió mirar al revés de la geografía para extender el verde sobre el yeso, y no lo hizo un promotor buscando rentabilidad ni un especulador midiendo metros cuadrados, sino el diseño de ingenieros y arquitectos municipales que, entre planos a medio trazar y expropiaciones complejas, convencieron a la ciudad de que el agua, si no subía sola a la loma, se llevaría a pulso mediante depósitos que hoy la piqueta ya ha borrado.

Aquella utopía se levantó a mano durante décadas, desde los primeros colectivos juveniles de exploradores que subían a hacer de la loma su espacio de encuentro hasta las jornadas populares que involucraron a toda la sociedad, con escolares en el Día del Árbol, vecinos, brigadas y, de manera muy especial, los presos de la cárcel de Torrero, que subían la cuesta con una azada al hombro para enterrar raíces diminutas en la tierra reseca. Eran hombres privados de libertad construyendo, hoyo a hoyo, el espacio de libertad de los que estaban por nacer, y aunque muchos de ellos nunca verían el bosque adulto ni volverían a pasear libremente por él, dejaron algo que sobrevivió a sus condenas, a los gobiernos y a las modas, porque los árboles, al fin y al cabo, siempre viven más que las ideologías.

Ese cordón umbilical entre los barrios y el pinar se mantuvo vivo casi hasta nuestros días, ya que todavía en las últimas décadas del siglo pasado miles de chavales de los colegios de la zona, sin importar si venían de familias acomodadas o de los rincones más humildes del distrito, compartían pala, barro y la merienda que daban las marcas locales al terminar la faena. Eran gestos cívicos que no salen en los libros de texto pero de los que realmente está cosido el tejido de una ciudad que aprendió a construirse con azadas, con paciencia, compartiendo momentos y con la certeza de que el resultado no era para uno mismo sino para quienes vendrían después.

El alcalde Enrique Armisén lo dejó escrito claramente al advertir que la repoblación no debía tener un fin económico sino estético, higiénico y cultural, entendiendo la inversión pública como un legado cívico y como una carta dirigida al futuro. En 1926 Zaragoza miró un monte pelado y calculó cómo sería su sombra un siglo después, mientras que en 2026, atrapados en una lógica mediocre, miramos ese mismo bosque y solo alcanzamos a discutir qué porción del suelo puede incorporarse a una concesión administrativa marcando una insalvable diferencia de horizonte entre ambas épocas.

Por eso resulta bochornoso ver cómo el centenario de los Pinares de Venecia llega envuelto en una extraña nube de abandono, tratándolo como si fuera únicamente el decorado de una película de nuestra infancia que ya terminó, y olvidando que es un ecosistema vivo que respira, late y alberga una biodiversidad de aves rapaces, polinizadores y fauna adaptada que tardó cien años en abrirse paso sobre una tierra condenada a la esterilidad. Este centenario llega sin un compromiso serio para asegurar su futuro, contemplando cómo los árboles envejecen y los claros aumentan sin que la regeneración apenas exista, mientras el presupuesto municipal guarda un silencio difícil de justificar al dejar al principal pulmón verde de la ciudad cumpliendo un siglo con cero euros asignados para su conservación.

Lo que hoy llamamos pinar es además un archipiélago de islas separadas por heridas, y las ortofotos aéreas cuentan la historia mejor que cualquier crónica porque en los años 50 el bosque era un manto compacto que cubría la loma de extremo a extremo, mientras que hoy lo forman grupos de árboles aislados entre sí por carreteras, rondas y avenidas. Cada infraestructura se llevó su bocado, tan poco cada vez que casi nadie lo notó, y quizá ahí resida el verdadero peligro de esta destrucción silenciosa, porque hay pérdidas que llegan de golpe, pero hay otras que se parecen tanto a la costumbre que terminamos por confundirlas con el propio paisaje.

Esa misma forma de mirar es la que ha terminado por secar el Parque de Atracciones. Conviene recordar que cuando el recinto abrió sus puertas en los años 70 ya se habían talado centenares de pinos para hacerle sitio, un sacrificio que el bosque aceptó callando para que durante medio siglo naturaleza y ocio convivieran en un equilibrio razonable. Los árboles que sobrevivieron a aquella primera tala vieron pasar el Mississippi, la montaña rusa y los gritos de generaciones enteras de niños descubriendo el vértigo, por lo que resulta muy difícil entender que en septiembre de 2024 el Ayuntamiento impulsara una modificación del Plan General para incorporar cinco hectáreas públicas del pinar a la concesión privada del parque, rechazando unas alegaciones vecinales que defendían alternativas viables para evitar la tala de un solo ejemplar.

Se nos dijo entonces que era necesario sacrificar una parte del bosque para garantizar el futuro del recinto, pero hoy el parque permanece cerrado por conflictos empresariales y judiciales que han paralizado la actividad, dejando los puestos de trabajo en el aire y el pinar sin una protección suficiente.

Nos prometieron que había que elegir entre el bosque y el parque.

Y al final estamos perdiendo los dos.

Quizá esa sea la imagen que mejor resume este tiempo en el que disponemos de agilidad y recursos para organizar el ocio rápido de una noche, pero somos incapaces de cuidar aquello que tardó un siglo en construirse, discutiendo sobre concesiones, porcentajes y procedimientos administrativos mientras los árboles envejecen en un silencio absoluto. Aquellos presos de Torrero que subían la loma hace 100 años probablemente esperaban muy poco del futuro porque no tenían demasiadas razones para la esperanza, y aun así doblaron el lomo para enterrar las raíces de las sombras que sabían que nunca disfrutarían.

Un siglo después, la cuestión ya no es quién plantó el bosque.

La cuestión es quién será recordado por no haber sabido conservarlo, porque una ciudad que no cuida lo que heredó no merece llamarse ciudad.

Merece llamarse campamento.

La herencia rota de los Pinares de Venecia

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