Llanto desesperado de una víctima de la impuntualidad

La impuntualidad es la forma más miserable y redonda de egoísmo: quien llega algunos minutos tarde por norma señala de forma inequívoca la diferencia de valor entre su…

Abad Babier
5 de junio de 2026
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La impuntualidad es la forma más miserable y redonda de egoísmo: quien llega algunos minutos tarde por norma señala de forma inequívoca la diferencia de valor entre su tiempo y el tuyo. El tuyo sale perdiendo, por si tuvieras dudas. Desprecia los compromisos con excusas ridículas y se doctora en luz de gas buscando comprensión al faltarte al respeto una y otra vez. El tiempo es el activo más valioso de tu vida y está claro que quien te lo roba a plazos no siente culpa ni necesidad alguna de revisarse. La impuntualidad habitual no es un despiste o un caos simpático, es un narcisismo profundo ante el que debes mostrar rechazo y por el que como mínimo debe sentirse vergüenza. Qué asco de gente. Haberte despertado media hora antes, joder. 

De admitir su culpa, ni hablamos. La persona que al menos defiende su patología con seguridad y chulería sería respetable, podríamos hasta hablar de su fuerte personalidad: Si llevas cuarenta minutos esperando y saludas señalando el reloj a alguien impuntual, que te responde en frío algo como “Me apetecía terminar de ver una serie, no seas dramas, podrías haberte tomado un café o haberte ido”, no te queda más remedio que aceptarlo o irte. De ti depende, nadie te ofrece aros por los que pasar en una situación así, solo te enseñan sus cartas para que decidas si jugar o no. Ahora bien; esas obras de teatro repulsivas, en las que el tiempo para comer era poco o una gestión se prolongó más de la cuenta u otras mil miserias análogas; no pueden admitirse. ¿Cómo tienen la poca vergüenza de buscar una especie de palmada en la espalda por algo que describen como un esfuerzo por encima de la media? ¿Cómo se puede ser tan pusilánime y a la vez tan cabrón de no reconocer ese egoísmo puro y exigir agradecimiento por cumplir mal y tarde con un pacto perfectamente asumible? No sé si lo he dicho, pero qué asco.   

El impuntual se erige conscientemente en director de orquesta a cada interacción social en la que participa. Suena la música al vuelo de su batuta y caminando tras el carretillo que transporta su desmedido ego, marca el comienzo de las reuniones sociales; ocupa el atril y de espaldas al público espeta: “Ya estoy aquí, que no me da la vida”. Los demás esperan con la admiración de quien presencia un atraco en televisión. Las víctimas de los impuntuales saben que han perdido su tiempo subiendo sus niveles de cortisol en nombre de un odio que desborda ante el desprecio recibido; saben que van a pasar un rato con alguien que de mostrar interés lo estará fingiendo y saben que, aunque entrenados para parecer ajenos a sus acciones, los impuntuales disfrutan de hacer lo que les brota de la genitalia correspondiente, ufanos por la total ausencia de consecuencias. ¿Sería mucho mencionar el asco de nuevo? 

Hay pocas sensaciones más humillantes y más capaces de hacernos sentir poca cosa que la de estar solos en algún lugar esperando a alguien que, sin remordimiento alguno, nos hace llegar un whatsapp que dice: “llego en 5”. Esos cinco son mentira, obviamente, pero la cuestión no es esa. Ese magnánimo texto pretende provocar una ovación y agradecimiento. Ignoran a discreción el dolor acumulativo que producen al reírse de ti en cada cita de forma velada y estresarte, porque no sabes cuánto será el retraso esta vez, pero sabes que lo habrá. Te han avisado de que llegaban en cinco. ¿Qué más quieres? Dejo otro poco de asco aquí, por acabar el párrafo según la tradición reciente, más que nada. Hay que ser rigurosos.

Una persona normal o con el mínimo de decencia en su haber, intentaría corregirse y sentiría vergüenza, cuando un accidente, que no corresponde a nadie más, interfiere en el desarrollo de otras vidas. El impuntual no siente culpa y aspira fuerte el pedo propio. Repite tantas veces su error y lo normaliza tanto, que considera el enfado lógico y normal de quien espera una profunda injusticia. Qué calores me están entrando. Hay que ser gentuza premium para describirse como ejemplo de actitud ante un retraso cuando has explotado después de tolerar sus faltas de respeto cientos de veces. Tiran de la cuerda sistemáticamente y cada vez que la rompen actúan con sorpresa y un dramático enfado adjunto. “Yo no me pondría así si llegaras tarde” dicen, sin vergüenza algunamanipulando la situación hasta terminar siendo víctimas, no solo de las circunstancias que les han hecho llegar tarde, sino también de ti, por quejarte; por exigir puntualidad. Lo curioso es que tú sabes que toda esa interpretación es una mentira absoluta y no tiene ni pies ni cabeza, pero otra cualidad del impuntual es que tiene los arrestos de terminar satisfecho tras la trifulca, que por supuesto tendrá una palabra suya por última. Ese enfado de un impuntual señalado debería conllevar multas agresivas, escarnios públicos y privaciones de libertad duraderas. O como mínimo proyecciones audiovisuales forzadas a golpe de Ludwig Van,  al estilo de La Naranja Mecánica, que aseguren un mínimo dolor en las venideras esperas que provoquen. 

Chaves Nogales no dudaría en clasificar al personaje del impuntual ofendido como perfectamente fusilable, pero hay algo que supera ese calificativo sin esfuerzo: el impuntual que se jacta de sus jacarandosas y alegremente caóticas prioridades. Resultan ser tan libres, tan espontáneos y tan creativos, que consideran la estricta correa del tiempo y los pactos horarios síntomas de mansedumbre. Gente de treinta o cuarenta años que decide hacer gala de su rechazo a los horarios, los planes y las pautas pactadas con previsión y tiempo para organizarse. “Ey, ey, ey, tranqui, lo de hacer planes con tanto tiempo no va conmigo ¿sabes?” Siento ser reiterativo pero tengo la sensación de que por encima del odio, el rechazo y el profundo desprecio que debe sentirse por la gente impuntual, surge de nuevo el asco visceral. Debemos tenerlo siempre muy presente. Acostumbrarnos a decir “qué asco me das” cuando alguien se comporta así.

Cada vez que relativizamos una espera, los impuntuales se convencen más de la validez de sus conductas y siguen robando nuestro tiempo sin consecuencias. Están moralmente vacíos. Los puntuales respetamos el tiempo y las circunstancias de quien nos rodea, aceptamos los horarios y adaptamos la escaleta de nuestras obligaciones para cumplir con los compromisos conforme a lo acordado, porque todas las vidas merecen consideración. Los impuntuales quieren un respeto que no ofrecerán jamás. 

Cada minuto que hacemos perder a alguien es irrecuperable. Nadie quiere pasar más tiempo del necesario en la puerta del Corte Inglés de los cañones; nadie, jamás, ha decidido en su sano juicio bajarse a la puerta de un bar a pasar media hora larga mirando a ambos lados de la calle. No podemos caer en la trampa del impuntual. No podemos aceptar más excusas. No nos engañemos, alguien impuntual solo es fiable mientras tus necesidades no conlleven organización o el más mínimo esfuerzo. 

A las cosas por su nombre, como en la canción de nuestros raperos zaragozanos favoritos, quien se comporta como un miembro de la realeza y exige comprensión sin intentar jamás comprender la frustración que produce, no puede andar por la vida sin secuelas. Desgraciadamente el impuntual no cambiará, porque si hay algo difícil en esta vida es reconocer que somos egoístas; sobre todo con lo cómodo que es serlo vendiendo que cuando toque, no lo seremos. El truco es que a un impuntual nunca le toca demostrarlo. Observad atentos, el egoísmo del impuntual siempre se sale del tiempo.

Llanto desesperado de una víctima de la impuntualidad

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