Gente con maña: Jaime Oriz, fotógrafo

Jaime Oriz (Zaragoza, 1979) llegó a la fotografía por un camino bastante menos recto de lo que cabría esperar. Estudió Derecho, pero pronto descubrió que lo suyo no…

Redacción Zaragoza Ciudad
6 de septiembre de 2026
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Jaime Oriz (Zaragoza, 1979) llegó a la fotografía por un camino bastante menos recto de lo que cabría esperar. Estudió Derecho, pero pronto descubrió que lo suyo no estaba en las leyes sino en contar historias. Cursó el Máster de Comunicación y Periodismo de Heraldo de Aragón y la Universidad de Zaragoza y comenzó una carrera como periodista que lo llevó a trabajar en Aragón Televisión, 20 Minutos y diferentes medios vinculados, entre otras cosas, a una de sus grandes pasiones: la música.

Precisamente fueron los conciertos los que terminaron colocando una cámara entre sus manos. Lo que comenzó casi como una afición mientras escribía sobre música fue ocupando cada vez más espacio hasta convertirse en una nueva profesión. La crisis de 2010 y la complicada situación del periodismo aceleraron una transformación que culminó en 2015, cuando decidió dedicarse plenamente a la fotografía. Ese mismo año inauguró Live in Zaragoza, su primera exposición, construida a partir de fotografías tomadas en las salas y escenarios de la ciudad.

Desde entonces su cámara ha pasado por conciertos, eventos, trabajos corporativos y artes escénicas, pero paralelamente Oriz ha desarrollado una obra mucho más personal. En Diario en una sala de espera convirtió las muchas horas pasadas en hospitales en una reflexión sobre la espera, la ausencia y la soledad. Después llegaron proyectos como Gamópolis, junto a Jorge Omeñaca, donde ambos construyeron una ciudad imaginaria a partir de fragmentos de distintas ciudades, o De memoris, en el que utilizan sus propias historias familiares para intentar cartografiar algo tan frágil y extraño como la memoria.

Con los años, su fotografía se ha ido haciendo también más reconocible: composiciones extremadamente cuidadas, colores intensos, ecos de la estética de los años noventa y una tendencia cada vez mayor a eliminar de la imagen todo aquello que no necesita estar allí. Quizá por eso resulta especialmente interesante que alguien que comenzó profesionalmente contando la realidad como periodista haya terminado encontrando en la fotografía una manera de transformarla y construir un mundo propio.

Hablamos con Jaime Oriz de ese viaje, de música, memoria y fotografía, de aprender a mirar y de qué ocurre cuando convertir una pasión en profesión significa también tener que aprender a vivir de ella. Y, por supuesto, de la ciudad que lleva fotografiando buena parte de su vida: Zaragoza.

Estudiaste Derecho, después periodismo y finalmente terminaste dedicándote a la fotografía. Viendo tu trayectoria desde hoy parece que fuiste acercándote poco a poco a lo que realmente querías hacer. ¿Fue así o durante mucho tiempo no tenías ni idea de que acabarías siendo fotógrafo?

Jamás me imaginé que pudiera acabar viviendo de la fotografía. Y eso que desde muy jovén me fascinaba todo lo relacionado con lo audiovisual. Siempre me he considerado muy cinéfilo pero lo que más me marcó desde que tenía 11 años fue la MTV. Me crié en Sallent de Gállego viendo en abierto los vídeos y la estética de aquella época: U2, Depeche Mode, Madonna, George Michael… Mi sueño ya entonces era dedicarme a algo así, como hacían David Fincher, Anton Corbijn o Michel Gondry. No sabía ni que eso de la imagen se podía estudiar, para mi era para gente de otra galaxia. Creo que fue una época en la que nos inculcaron mucho la idea de que había que estudiar una carrera para tener un buen futuro. Bueno, la clásica trampa de la vida. Cuando hice el Máster en Periodismo, mi idea sí era acercarme al mundo audiovisual, pero el destino me llevó a escribir. Eso sí que nunca me lo había planteado nunca. 

Trabajaste como productor y redactor en Aragón Televisión y después como periodista en 20 Minutos. ¿Qué queda del periodista cuando ahora coges una cámara?

Supongo que esa necesidad de concretar, de narrar lo más importante de la manera más clara y directa. Bueno, eso era el antiguo periodismo, ahora las noticias comienzan, con suerte, en el cuarto párrafo. 

La crisis de 2010 fue determinante en tu cambio profesional. ¿Crees que habrías terminado dedicándote igualmente a la fotografía si el periodismo no hubiera atravesado aquel momento tan complicado?

Creo que no. Hace poco hablé de ese tema con una persona que me conoce muy bien y llegamos a la misma conclusión. Porque no fue solo la crisis del periodismo lo que me afectó: fueron muchos detalles importantes de mi vida personal que resultaron determinantes. La vida es mucho más azarosa de lo que nos gusta reconocer. Llegó un punto de ruptura total con mi vida pasada y fue casi un gesto de reafirmación y de ponerme en valor. Fue una época compleja en la que debo mucho a mi familia, amigos y pareja de entonces. 

La fotografía entra con fuerza en tu vida a través de otra de tus grandes pasiones: la música. ¿Recuerdas la primera vez que entraste a un concierto no solo para verlo o escribir sobre él, sino para fotografiarlo?

Creo que jamás me había planteado eso. Me gusta mucho que me lo preguntes. Sí que recuerdo mis primeras fotos con una cámara compacta, horribles, para unas crónicas de un ciclo de nuevos artistas de Zaragoza para Aragón Musical. Aún se pueden encontrar, pero no tienen más valor que lo anecdótico. Y ahora, tras rebuscar correos de hace más de 15 años que enviaba a David Chapín para mis crónicas, veo que el primer concierto del que tengo algo publicado fue The Wedding Present, en la sala López. Y el segundo, Greg Dulli, en La Casa del Loco. Me alegro, son artistas que resumen muy bien lo que me gusta.

El valor de una fotografía o de cualquier expresión artística siempre será el que cada uno le quiera otorgar. Ahora es más importante que nunca ser capaces de crear discursos únicos: imperfectos, pero con alma

En 2015 presentas Live in Zaragoza, tu primera exposición, dedicada precisamente a los conciertos de la ciudad. ¿Qué tenía aquella escena musical zaragozana que merecía ser retratada?

Nació como necesidad más bien. No me planteé en ningún momento ser un cronista de lo que acontecía en Zaragoza, fue un momento de mi vida en el que tenía tiempo para ir de conciertos y que coincidió que vinieron muchas bandas de muchos estilos musicales que me interesaban. Y la exposición en sí también fue para hacerme un nombre. Me dio visibilidad. Pero es que seguimos igual, en Zaragoza hay una grandísima oferta de conciertos, variada y de calidad. Sí se echa en falta propuestas internacionales de más peso, pero es que eso depende del público. Últimamente parece que lo que más interesa son los festivales y los grandes, enormes, macro conciertos. Yo seguiré registrando lo que pueda con mi cámara, pero también tengo la sensación que hay una nueva Zaragoza que ya es para gente más joven.

Has fotografiado muchísimos conciertos desde entonces. ¿Cuál es esa fotografía que recuerdas haber hecho y pensar inmediatamente: esta es la foto?

Le tengo especial cariño a una de Yo La Tengo en Sala Oasis. Me costó lo mío, pero creo que refleja muy bien esa esencia ruidosa y experimental de la banda, pero también es un buen paradigma de mi estilo.

La fotografía de conciertos tiene algo especialmente complicado: apenas puedes controlar nada de lo que ocurre delante de ti. ¿Te enseñó precisamente eso a mirar y reaccionar más rápido?

Mucho. Es una cosa que he pensado muchas veces. Tienes que estar siempre muy atento a lo que ocurre. Tanto a los músicos, como a las luces y al público. Sin embargo, con el tiempo me di cuenta de un detalle: los músicos tienen patrones. Si el cantante, por ejemplo, levanta los brazos de cierta manera en un momento de la canción, hay que esperar a otra situación similar. Lo repetirá. Por lo que sí hay mucho de imprevisible, pero también mucho de paciencia. Las mejores fotos salen con calma, esperando el instante adecuado. Por eso prefiero trabajar en encargos que son de un artista a banda, porque no son fotos para redes ni prensa. De esta manera tienes mayor libertad creativa.

De registrar la realidad a inventarla

Has dicho que cada vez te interesa menos la realidad y más la posibilidad de crear un mundo propio con la fotografía. Es una evolución curiosa viniendo del periodismo, donde precisamente te enseñan a no alterar la realidad. ¿En qué momento empiezas a sentir esa necesidad de escapar de ella?

Ha sido bastante natural, no tuve una intención consciente. Poco a poco sí me empecé a dar cuenta de que tenía cierto estilo. Bueno, realmente se percató antes la gente de mi alrededor. Al principio me parecían ideas bastante simples y lo rehuía. Al tiempo, abracé esos conceptos y decidí llevarlos cada vez más lejos. Aunque yo no diría que existe una necesidad de escapar de la realidad, sino de reinterpretar. Y creo que eso me viene del cine. Nada es real es una película, pero hay una verdad, una visión del director. Eso es lo que me interesa, mi verdad. Y por ello, cada vez trabajo más los colores y la edición general. Algunas veces me preguntan, con cierta desconfianza, si mis fotos llevan photoshop… ¡Por supuesto! Y mucho trabajo me supone. En otras artes no se cuestiona de la misma manera. Los discos siempre están muy producidos. Hay mezclas en las voces y los instrumentos y muchos arreglos que enriquecen el sonido. Nadie le pregunta a un músico cosas así. 

jaime

Tu fotografía tiene una identidad visual muy reconocible: composiciones muy ordenadas, geometría, colores intensos y una cierta estética de los años noventa. ¿Esa mirada se construye conscientemente o un fotógrafo descubre su estilo después de miles de fotografías?

Todos somos lo que vemos, escuchamos, oímos… Mis referentes siempre han sido muy claros, pero el estilo de cada uno, creo yo, surge. En la fotografía es necesario disparar muchas, muchas veces. Y para crecer también hay que cometer errores. Ahora veo muchas imágenes mías de hace años, o exposiciones enteras, y no me gustan nada. Sin embargo, si no fuera por esos errores, no sería el fotógrafo que soy ahora. He aprendido más con fallos que con alabanzas. Lo mismo puedo decir del proceso de edición, que es clave también para tener una personalidad. Me ha costado mucho llegar a este punto.

¿Qué tiene que ocurrir para que levantes la cámara? ¿Qué ves tú en una escena cotidiana que quizá los demás pasaríamos por alto?

Primero, me tiene que sugerir algo. Si nos ceñimos a fotos que son completamente personales, intento, como ya he dicho antes, contar lo máximo con los mínimos elementos posibles. Si hay un buen juego de colores, ya existen muchas probabilidades de que esté con la cámara en la mano. Pero también debo decir, que muchas veces, fotos que en su momento disparé con pocas expectativas, en edición han cobrado una nueva vida.

Vivimos probablemente el momento de la historia en el que más fotografías se hacen y, paradójicamente, las miramos durante menos tiempo. ¿Instagram ha educado nuestra mirada o la ha vuelto más impaciente?

Realmente, ambas cosas. La gente aprecia y sabe más de fotografía que nunca. Y muchos jóvenes son capaces de realizar muy buenas imágenes porque poseen un ojo muy educado. Yo mismo he aprendido muchísimo viendo fotos de otros compañeros en las redes. Las ideas se propagan más rápido que nunca y creo que eso es algo bueno en el arte. Pero sí es cierto que tenemos demasiadas distracciones. También llega a nuestras retinas mucha basura y mucha sobreinformación. Y si no sabemos poner fin a ese scroll infinito, puede llegar a colapsamos. Yo mismo he pasado por etapas de mucha saturación. Pero sucede en todos los ámbitos. Mira las plataformas de streaming: tenemos mayor oferta que nunca a golpe de click, y yo mismo muchas veces no sé qué película ver. Es muy frustrante.

Y ahora llega además la inteligencia artificial generativa. Para alguien cuyo trabajo consiste en crear imágenes, ¿la ves como una amenaza, una herramienta o simplemente como otro lenguaje que tendremos que aprender a incorporar?

No me gusta tratar a la IA como una amenaza. Y mucho menos repudiarla. Está aquí para quedarse. Es como cuando se cambió de la fotografía analógica a la digital. Yo casi pienso que en este sector fue un cambio de paradigma mucho más fuerte. La IA puede ser una herramienta magnífica, si se usa de manera complementaria. Yo mismo la uso a diario. Creo que la clave es que sea un medio, nunca un fin. Cuando escucho una canción hecha con IA imitando, por ejemplo, a Coldplay, no puedo sentir más indiferencia. ¿Qué sentido tiene? Cuando veo gente alucinada con cosas así sí que me siento muy decepcionado y preocupado por lo que nos pueda traer la IA. Pero entonces el problema está en nosotros mismos, ¿no? Si el ser humano se conforma con contenido (porque aquí ya no podemos hablar de ningún tipo de arte) de este tipo… ¿Qué podemos hacer? Como consumidor, mi posición es rechazar este tipo de productos. Como fotógrafo, creo que debemos abrazar la imperfección y la imprevisibilidad. Ahora más que nunca, será necesario crear un discurso propio que sea capaz de esquivar cualquier algoritmo. Y también deberíamos plantearnos la cantidad de energía que está necesitando todos esos servidores. Es un tema aparte, pero que nos está tocando muy de cerca en nuestra tierra…

Por último, ciñéndome exclusivamente a mi trabajo, a mi bolsillo. Yo de momento, no me he visto muy afectado. Porque alguien que apueste por generar una imagen de marca mediante IA, no era un cliente potencial mío.

¿Qué valor conservará una fotografía realizada por una persona cuando podamos generar técnicamente cualquier imagen que imaginemos?

El valor de una fotografía o de cualquier expresión artística siempre será el que cada uno le quiera otorgar. Y por eso, como decía antes, ahora es más importante que nunca ser capaces de crear discursos únicos. Imperfectos pero con alma.

Fotografiar lo que cuesta explicar

En Diario en una sala de espera ocurre algo muy distinto. Pasas muchas horas en hospitales por circunstancias familiares y empiezas a fotografiar esos espacios prácticamente vacíos. ¿En qué momento la cámara se convierte también en una manera de soportar la espera?

Casi desde el primer día. Pasé muchas horas en el hospital con mi padre y fue una manera de tener la mente ocupada. Pero no nació como un gran plan, fue creciendo poco a poco. A veces estaba mi hermano también y me echaba la bronca. Es mucho más discreto que yo. Obviamente, no le hice caso. Todas esas imágenes las iba subiendo a redes sociales y tuvieron una excelente recepción: casi todo el mundo ha pasado por situaciones así en un hospital y la gente se siente identificada. El momento más importante llegó cuando el periodista Juan Luis Saldaña recomendó mi trabajo en un programa de Aragón TV. En ese momento, no había excusa para seguir con el trabajo y realizar una exposición. Fue una muestra humilde y por los tiempos post Covid mucha gente no la pudo ver. Estoy pensando editar un libro con todo lo que tengo. 

Decidiste que en aquellas fotografías no aparecieran personas, aunque precisamente hablaban profundamente de personas. ¿Por qué era tan importante la ausencia?

Primero fue porque realmente casi no había personas en los hospitales. El Covid estaba todavía muy reciente y la gente no se acercaba a los hospitales más de lo necesario. Mi padre apenas recibió visitas por miedo al virus. Cuando el proyecto fue cogiendo forma sí que lo hice de una manera plenamente conciente. La idea era reflejar esa soledad con elementos muy reconocibles. Y, por supuesto, no quería sacar a ningún paciente. Creo que si el espectador conectaba con esas imágenes es porque son lugares y objetos que todos conocemos. Luego, el cerebro de cada uno rellena los espacios que faltan sumando sus propias experiencias. 

jaime

¿Hay determinadas cosas que eres capaz de contar fotografiándolas pero que te resultaría imposible explicar con palabras?

En general soy una persona que siempre intento expresar mis sentimientos. A veces demasiado. Y si me siento solo o sobrepasado con problemas no me lo guardo. Pero sí que sentí, en este caso en concreto, que con estas imágenes hablaba mucho de lo que tenía en mi interior y descubrí muchas cosas de mí. Pero sí, creo que en mis fotos más personales se puede ver lo que pasa por mi mente.

Y después llega De memoris, probablemente uno de vuestros proyectos más personales, en el que utilizáis vuestras propias familias para hablar del funcionamiento de la memoria. En tu caso está muy presente la historia de tu padre, que sufrió un ictus. ¿Fue difícil decidir que algo tan íntimo podía convertirse también en material artístico?

No recuerdo cómo surgió, pero seguro que fue cosa de Jorge. Como te he dicho antes, es muy bueno creando narrativas. A mí lo que más me interesó fue la posibilidad de hacer un tipo de fotografía a la que nunca me había enfrentado. Aunque el discurso partía de las vidas y enfermedades de nuestros padres, el fin era hablar de los recuerdos y la memoria, en general. Pero sí, hubo momentos difíciles. Escarbar en fotos y vídeos personales puede ser duro. Aunque con el tiempo también posee un efectivo curativo. Pero no era la primera vez que hacía una exposición en la que usaba a mi padre como parte del proceso. La segunda exposición que realicé fue “Una de seis”, en la que seguía un poco la vida de cuatro personas afectadas por un ictus. Es un trabajo que ahora no me gusta, pero que me ayudó a aprender de mis errores y también a sanar heridas. Y ahora que lo pienso, también para poder expresar los difíciles momentos que estaba sufriendo. 

La memoria es además bastante tramposa: modifica, selecciona e incluso inventa nuestros recuerdos. ¿Qué descubriste sobre tus propios recuerdos haciendo este proyecto?

Totalmente. Es lo que me hubiera gustado desarrollar más. Casi todos nuestros recuerdos no son 100% reales. En mi caso descubrí eso que te comento: olvidamos muchas partes y rellenamos esos huecos con lo que a nuestro cerebro le interesa más. Es pura supervivencia. Por otro lado, yo soy muy poco nostálgico. No me interesa aferrarme a un pasado supuestamente más bonito. Ni en mi vida ni en el arte que me interesa. Pero sí que hice las paces con muchas experiencias de mi pasado y ahora soy capaz de abrazar esos recuerdos y darles un mejor significado. Y ahora cuido mucho más los detalles y los pequeños momentos.

Después desarrollas junto a Jorge Omeñaca Gamópolis, construyendo una ciudad ficticia a partir de fragmentos urbanos de Zaragoza, Huesca, Madrid, Barcelona, Valencia o Málaga. ¿Qué empezasteis a descubrir cuando eliminasteis el contexto de todos esos lugares?

Soy amigo de Jorge desde hace casi 30 años y siempre nos hemos entendido realmente bien, aún poseyendo dos personalidades muy diferentes. Gamopolis surgió un poco de casualidad. Cada cierto tiempo realizábamos videoconferencias para ver nuestro respectivos trabajos y darnos consejos. Y nos dimos cuenta que teníamos algunas imágenes de ciudades que querían contar algo. Nos costó mucho darle forma, fueron muchas llamadas y reuniones, pero al final creo que encontramos algo trabajo muy interesante. Quizá esa expresión minimalista y de enfoque del color sea algo más mío, pero Jorge posee un talento narrativo excepcional. Me gusta que al final nadie fuera capaz de distinguir quién era el autor de una foto u otra. 

Ahora que ya ha pasado el tiempo, veo este trabajo aún más interesante de lo que planteamos en un momento. Al principio nos centramos más en los elementos lúdicos de los nuevos edificios, jugando incluso con referencias a videojuegos. De ahí lo de Gamopolis. Son ciudades gamificadas. Y cuanto más analizamos los nuevos barrios de muy diferentes lugares nos percatamos que, efectivamente, las ciudades cada vez se parecen más. Ya no es solo que en todas estén las mismas grandes marcas y centros comerciales, es que los nuevos espacios de residencia son muy similares.

Por eso decidimos crear una ciudad nueva, propia. En la que puede haber mar, montañas, autopistas… Nos quedamos con las ganas de darle más continuidad o de darle un nuevo enfoque, pero no dimos con la tecla y ya nos surgieron otros proyectos.

Has pasado de fotografiar el ruido y la energía de un concierto a trabajar sobre conceptos como la ausencia, la memoria o el paso del tiempo. ¿Es también una consecuencia natural de hacerse mayor como artista?

Más bien es evolución, nuevas metas. Soy una persona a la que no le gusta la monotonía. Necesito nuevos retos constantemente. Muchas veces me equivoco, pero es parte del proceso. 

Vivir de hacer fotografías

Hay otra parte mucho menos romántica de cualquier profesión creativa: pagar las facturas. Combinas proyectos artísticos con fotografía de eventos, conciertos y trabajos corporativos. ¿Ha sido difícil encontrar el equilibrio entre fotografiar para otros y conservar un espacio donde hacer exactamente lo que tú quieres?

Lo primero es pagar las facturas. Siempre. Y he tenido que renunciar muchas veces a proyectos propios para enfocarme en lo que me da de comer. Sin embargo, en los últimos años he conseguido un buen equilibrio: con algunas de mis exposiciones he logrado tener un presupuesto para mí y a muchos de mis trabajos profesionales les estoy pudiendo dar mi propia visión. 

¿Convertir la fotografía en tu trabajo ha cambiado alguna vez tu relación con ella?

Por supuesto. Y es algo que ahora acuso más. Antes llevaba la cámara a todas partes. Ahora, necesito desconectar porque tengo más volumen de trabajo. En estos momentos, por ejemplo, voy a un concierto en el que no estoy contratado y simplemente quiero disfrutarlo. Aunque muchas veces me quedo con las ganas…

jaime

¿Qué trabajo comercial te ha enseñado más, aunque aparentemente estuviera muy lejos de tu obra personal?

En todos los encargos he aprendido algo. Aunque sea por errores. Pero en las bodas, que mucha gente no sabe que hago más de las que parece, aprendo y las disfruto mucho. Son eventos en los que hay que ser muy rápido y adaptarse a las situaciones. Además, ha sido un buen campo de prueba para manejar el color. 

Hoy cualquiera lleva una cámara extraordinariamente buena en el bolsillo. ¿Qué está pagando realmente un cliente cuando contrata a un fotógrafo profesional?

A mi siempre me gusta verme como un artesano. O alguien que soluciona problemas. Todo el mundo puede hacer una foto decente hoy en día, pero un profesional va a saber adaptarse más fácilmente a las necesidades de un cliente. En mi caso, creo que ofrezco una gran formación, equipo profesional  más allá de la cámara, versatilidad, rapidez y eficacia y seriedad. 

Si no fuera por esos errores, no sería el fotógrafo que soy ahora. He aprendido más con los fallos que con las alabanzas

Si el Jaime periodista de 2010, recién golpeado por una crisis que iba a obligarle a reinventarse, pudiera ver dónde estás ahora, ¿crees que entendería las decisiones que tomó?

A lo mejor se pensaba mejor dónde se metía. Echando la vista atrás, me doy cuenta de lo estúpidamente optimista que fui. Pensaba que en poco tiempo me iba a poder ganar la vida con la fotografía. Aún no era consciente de los grandes sacrificios que iba a tener que hacer. Mi vida ha sido muy diferente a muchos de los amigos que me rodean y muchas veces es frustrante.  Así que el Jaime de 2010, que estaba pasando en ese momento por situaciones muy complicadas, no sé si se lanzaría sabiendo todo. Lo que sí puedo decir es que el Jaime de 2026 está plenamente satisfecho y seguro de todas las decisiones que tomó. No cambiaría nada, ni mis errores.

¿Qué te queda todavía por fotografiar?

Tantísimas cosas… Pero me siento muy satisfecho con todo lo que he conseguido. Quizá algún día logre hacerle una foto a Bono… Ahora estoy con nuevos retos. Cada vez estoy más centrado en el vídeo, tanto en realización, como en dirección de fotografía. 

Jaime Oriz y Zaragoza

Has fotografiado Zaragoza durante años y además has trabajado sobre la propia idea de ciudad. ¿Hay algo que hayas entendido sobre Zaragoza precisamente gracias a fotografiarla?

Que es una ciudad que, a pesar del poco apoyo que recibe para la cultura por parte de las instituciones, cuenta con una ciudadanía que lucha por una Zaragoza mejor, más plural, más integradora y más bella.

Si tuvieras que hacer una única fotografía que explicara Zaragoza a alguien que nunca ha estado aquí, ¿qué fotografiarías?

He realizado fotos que por separado podrían servir. Pero en mi cabeza, todo junto, lo ideal sería viento, árboles moviéndose, el ebro con aguas vivas… Sí, creo que definitivamente cruzar el puente de piedra con viento es una experiencia 100% de Zaragoza.

jaime

¿Cuál es tu rincón favorito de Zaragoza?

Es poco original, pero siempre me ha gustado mucho el Arco del Deán

¿Hay algún lugar de la Zaragoza de tu infancia o juventud que ya no exista y que todavía eches de menos?

Las casas de mis abuelos, paternos y maternos.

Has estado muy vinculado a la música de la ciudad. ¿Qué músico o grupo aragonés ocupa un lugar especial para ti?

Aun a riesgo de poder quedar mal con alguien, no creo que a nadie le extrañe si digo que al artista aragonés que más admiro y quiero es a Luis Cebrián. Por todo el trabajo que hemos hecho juntos, por sus proyectos en los que he colaborado y porque es una grandísima persona. Luego, obviamente, tengo un trato muy cercano con Klejoss. Todo empezó con unas fotos en directo y diez años más tarde tenemos una grandísima amistad y muchos proyectos de los que todos podemos estar muy orgullosos. Y volviendo a otro Cebrian, no puedo olvidarme de Laura y su proyecto Elem. Es una gran artista y siempre ha confiado en mí completamente. Es un orgullo. Sin dejar los escenarios, otro de los artistas fundamentales en mi carrera ha sido Miguel Ángel Berna. Les debo mucho a él y a Manuela Adamo.

Dentro de la fotografía aragonesa, ¿qué fotógrafo o fotógrafa admiras especialmente?

En Zaragoza existe un nivel altísimo en fotografía y lo siento porque voy a dejar a mucha gente fuera. En conciertos, los que más me han inspirado son Pedro Anguila y Gustaff Choos. Y por amistad y su trabajo, admiro mucho a Jorge Fuembuena. Que, además, siempre me ha dado muy buenos consejos. Y alguna colleja.

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Jaime Oriz

Y fuera de la fotografía y la música, ¿qué artista aragonés te interesa especialmente ahora mismo?

Pues es un orgullo que los nuevos cineastas que tenemos en Aragón y que fue un acierto que ejercieran de pregoneros: Paula Ortiz, Pilar Palomero y Javier Macipe

¿Hay algún creador joven de Zaragoza o Aragón al que creas que deberíamos empezar a prestar atención porque dentro de unos años vamos a escuchar hablar mucho de él o de ella?

Hace poco estuve trabajando para Zaragoza Joven, realizando retratos a varios nuevos artistas de múltiples disciplinas. Existe un gran talento. Pero voy a ceñirme a algo muy concreto, a la fotografía de conciertos. Me gusta mucho  lo que está haciendo Sofia Loher. Posee ya una gran personalidad. Pero tiene el mismo talento para los retratos o editoriales de moda. 

Después de tantos años fotografiando conciertos, ¿qué sala o espacio musical desaparecido de Zaragoza recuperarías mañana mismo si pudieras?

Uno de los espacios que más he oído hablar que nunca pude ir es el Anfiteatro del Rincón de Goya. Ahora ya se echa mucho de menos Las Armas. 

¿Cuál es tu tapa favorita de Zaragoza y dónde tenemos que ir a comerla?

Soy de tapas clásicas y sencillas. Con un pincho de tortilla del Circo soy feliz

¿Y tu restaurante favorito de la ciudad?

No soy mucho de cenar fuera y no tengo un restaurante recurrente

¿Cuál es tu palabra o expresión aragonesa favorita?

Esbarizar

Y para terminar, si tuvieras que elegir un único rincón de Aragón que todo el mundo debería visitar al menos una vez en la vida, ¿cuál sería?

Cualquier calle de mi pueblo, Sallent de Gállego.

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Qué comer y beber en Zaragoza
Pero, ¿qué es la borraja?

Nuestro oro verde. Aunque se consume en todo el país, en Aragón se cultiva más del 80% de la producción nacional de borraja. Borraja de Aragón Nada que merezca la pena se obtiene sin esfuerzo. La borraja es una hortaliza con increíbles cualidades, pero muy poco conocida y utilizada, entre otras cosas por que hay que quitarle unos pelillos…

Qué ver y hacer en Zaragoza
Test: Dime cómo eres y te diré tu plan ideal en Zaragoza

¿Vas a venir a visitarnos o eres de Zaragoza? En cualquier caso, seguro que preguntas cuál es el plan perfecto para ti. Deja de buscar. Te traemos el test definitivo para descubrir lo mejor que Zaragoza puede ofrecerte según tu personalidad. Realiza el test y comparte tu resultado con tus amigos a través de las…

Qué ver y hacer en Zaragoza
IAACC Pablo Serrano. Un museo lleno de sorpresas

Para empezar, ¿qué significa IAACC? Significa Instituto Aragonés de Arte y Cultura Contemporáneos. Esto quiere decir que el Pablo Serrano es un museo de arte moderno y actual. Lo cierto es que sólo con ver el diseño de su fachada, obra del arquitecto aragonés José Manuel Pérez Latorre y un icono de la ciudad de…

Guías
Torreznos, ¿los amas o los odias?

En estos tiempos en los que tan de moda están la comida sin grasa, sin gluten, sin sal, los gimnasios, el running, el fitness, el stretching y un sinfín de inventos modernos para mantenerse en forma, queda un superviviente irreductible, los torreznos. ¿Cómo puede ser que un alimento que hay quien define como “un chicle…