El verano de los olvidados

Con pocos vistazos fugaces a alguna página de gestión de alojamientos vacacionales basta para situarse a un lado u otro de la balanza. Por este lado los que…

Abad Babier
5 de agosto de 2026
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Con pocos vistazos fugaces a alguna página de gestión de alojamientos vacacionales basta para situarse a un lado u otro de la balanza. Por este lado los que salen de la página como quien mira escaparates de lujo por mirar, y por este otro los que completaron una reserva. La cuestión es que si ha habido o habrá un lugar donde descansar unos días, hoy ya no eres alguien más en verano, eres alguien que puede permitírselo. 

Este artículo no habla de ti, sino de quien ha esperado el verano con la emoción de quien espera una colonoscopia, sudando frío entre las cábalas sobre el devenir de esos largos días sin trabajo. Semanas, una o dos, en las que la desconexión es conexión con una verdad más borde que hibernaba soterrada bajo la rutina y que entra en erupción al primer segundo sin tareas pendientes. La verdad es que las piscinas tienen bordillos, hace un calor húmedo y pegajoso, se comen pechugas empanadas con ensaladas de tomate sin sabor y se relativiza la saturación insoportable de cualquier destino que encaje con un presupuesto negativo disponible. La verdad es que esos millones de vídeos de personas desayunando queso feta con hierbas provenzales en balcones con vistas a un mar a pocos metros de una piscina infinita, nos muestran que ahora el statu quo es poder con todo o no poder con nada. Bordillo o cascada. Planear la vida con ilusión o, como decían los Pata Negra, que pase, sin dolor.

Huchas rotas mil veces y una excel mental en la que no se improvisa; hasta el último plátano está contemplado en la previsión de gastos, los minutos de aire acondicionado (si lo hay) están valorados y programados, la sombra buena de la piscina municipal está identificada desde mayo y se madruga para conseguirla. El chiringuito es portátil, como una nevera azul llena de cosas que también están en la contabilidad que mantiene el barco a flote. 

Un ventilador de aspas de plástico a punto de reventar, los abuelos dándole al abanico, la mesa cubierta con el hule de cuadros vichy y las jarras de agua sin recoger, el chato de vino a medio terminar, unas migas sobre la mesa y lo que haya en la tele. “Niño, quítate, que no veo”. Esa escena siempre fue la vida de quien no tenía demasiado, pero hoy nos la venden como una lección de sabiduría, porque si no puedes permitirte otra cosa, resulta que ahí está la verdadera riqueza. Qué curioso, oiga. Al que puede soltar cuatrocientos euros en una cena o encadenar caprichos nadie le habla de la importancia de lo sencillo; a ese se le anima a seguir por ahí, a disfrutar, a intentar que el año que viene la finca tenga, al menos, barbacoa. El sermón siempre cae sobre quien hace malabares para llegar a otoño. No protestes por lo que te falta; agradece que no estás todavía peor. Lo de que el dinero no da la felicidad siempre ha sido y será un aforismo para quien ya se aburrió de poder pagarlo todo. Por cierto, cuidado, porque ahora también hay que acertar protestando, no sea que además de pobre, resulte que eres mala persona por culpar a quien no debes de tus problemas. 

Si te parece que otro verano más el mundo celebra sin tí, no te hundas. Los escaparates de vidas perfectas te arrastran al fondo mientras braceas para respirar, pero por cada grano de arena blanca y cada par de pies sobre una orilla en plano cenital, hay alguien que tampoco podrá quemar una nómina en tres días de apartamento y jura a sus mayores y niños que es el último verano sin salir, porque esta vez si, de verdad, todo irá a mejor. Esa es la realidad estructural, que eleva el muro entre quien roza el yate y quien huye de la bancarrota, pidiéndote gratitud por tener un techo mientras te culpa por no poder gastar en veranos de cuento. 

No es plato de buen gusto sentir miedo cuando se acercan las vacaciones escolares y no saber qué harás con las ocho horas extra de incertidumbre. Sin vaciar la cuenta corriente, claro. Saber que cada salida a la calle será una negociación, porque el helado diario son noventa euros al mes, pero la infancia sin helado no es infancia. No lo es, por mucho iluminado fusilable que quiera convencerte de que la criatura tiene que entender que las quejas sobran cuando en otros lugares del mundo tampoco hay helado. Que Disney es solo una sucesión de colas interminables y que no aporta más a la memoria, ni a la satisfacción, que una excursión de diez euros dentro de la propia provincia. Mickey ya está en la tele. Da igual la literatura de autoayuda, sostener una sonrisa que no quiere estar ahí es demasiado esfuerzo para cualquiera. 

Y espera, que en el párrafo anterior se presupone la existencia de una familia, pero hay quien descubre que ese trabajo que dice odiar era toda su vida social y desea a la sombra y en silencio volver a la faena para escuchar voces compartiendo ciertas cosas. Un café y alguna risa en el descanso. La obsesión con ser productivos y la combinación con la soledad son la mezcla perfecta para la peor de las perversiones: convertir el tiempo libre en una fuente de ansiedad y cortisol. La rutina laboral es fea, las 40 horas semanales queman, pero ojito con llenar las vacaciones cuando el depósito del coche te recuerda que repostar es una comida menos por ahí.  

Luego, que por qué tanta sensación de fracaso. No sacamos la cabeza de un entorno digital que nos convence de que nuestra vida vale menos que la de la realidad que vemos. Qué eficiencia. El éxito son aviones, buenos hoteles, copas con atardecer, parque acuático con poca gente, algún todo incluido y una historia destacada por cada verano previo en el perfil de instagram. La felicidad es directamente proporcional a la capacidad de consumo. Si no puedo consumir debo ser un fracaso como persona, porque cuando doy el tiempo de mi vida, lo que me dan son fichas para consumir. Qué poco debe valer mi tiempo, cuando mis fichas no alcanzan para nada más que la supervivencia. Creemos esto sin reservas, aunque sea mentira.  

No se trata de tragar con esa otra cara de la moneda absurda, manipuladora y condescendiente de que las vacaciones sencillas son mejores que las de lujo. Se trata de que cada vez hay más mecanismos para hacernos olvidar que el verdadero valor de una persona no está en su capacidad para comprar recuerdos.

Las miles de personas que no disfrutan del verano, sino que lo superan con la determinación inquebrantable de sonreír o regalarles a sus hijos (si tienen) un día feliz, son la mayoría invisible que internet no quiere que veas . Por eso me apetecía escribir esto, porque quien vuelve a casa sudando cada día y siente que el mundo entero está de vacaciones salvo ellos, no debe sentir culpa ni fracaso. Hoy, hasta quien hace todo lo que puede, vive en una pelea que ya no es, ni será justa, porque todos somos un poco víctimas de un abusón al que no le conviene que nos relajemos. 

Si te estás sintiendo así, no dejes que internet te aplaste, ni que la industria de la felicidad y el consumo te convenzan de que tu vida sin agua cristalina y lujo es poca vida. Hay una dignidad preciosa e innegable en sostener una familia, la casa o sencillamente tu propia vida, mientras todo invita a que te rindas. No querrás hablar de tu verano cuando vuelvas al trabajo, seguro que atenderás con tristeza o rabia a las historias de las vacaciones perfectas; pero tiene mucho más mérito tu arrojo para seguir adelante y superar la necesidad superficial y triste de recibir likes. De tu calvario a cuarenta grados nadie se acordará en septiembre, pero al menos, nosotros, te vemos, nos acordamos y te valoramos mucho más que a quien lo monta todo con dinero.

El verano de los olvidados 

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