Reducción de fobia balsámica

Qué bonito es redescubrir un evento recién vivido y darle la categoría de efeméride. Algo que ya fue y será historia que contar una y mil veces a…

Abad Babier
10 de julio de 2026
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Qué bonito es redescubrir un evento recién vivido y darle la categoría de efeméride. Algo que ya fue y será historia que contar una y mil veces a generaciones venideras, nietos o parroquianos de los de llenar mañanas a golpe de sol y sombra. Ejemplo de ello es la asombrosa historia de la viscosa presencia negra que revolucionó la hostelería y pasó en no poco tiempo de delicioso producto culinario vanguardista a señal de desgana y falta de criterio en las cocinas. De propiedad de la excelencia a mal vicio en la decadencia. Chorretón negro sobre queso de cabra, lomo y cuanto haga falta, pidiendo a gritos auxilio y una nueva vocación para el personal del restaurante. Un solo plato de una mesa completa manchado con fluidos tizón a la Jackson Pollock, haciendo de alerta e inequívoco prólogo del inmediatamente posterior desastre en el paladar. Lo interesante es cómo esta aventura de la reducción de vinagre de módena refleja sin quererlo una costumbre recalcitrante a la que acudimos cada muy poco tiempo para destruir cosas que pudieron ser buenas en su medida. Lo que se aplicó ayer con sentido, se llegó a dominar y se popularizó, se convierte hoy en un vacío más molesto que constructivo cuando se tamiza con las entendederas equivocadas una y otra vez. El teléfono roto que hace de todo lo bueno y nuevo algo obsoleto y manido. 

A la palabra “fobia” (en su papel de sufijo), le ha pasado como a la reducción de vinagre de módena, las camisas de leñador, las mechas californianas, los muebles hechos con palés y el interiorismo nórdico. Muestras de estilo, innovación y conocimiento en su origen, tan sobreutilizadas que ya sólo indican poca originalidad, o en este caso, ganas de acaparar la verdad sin argumentos, otorgando problemas emocionales a quien discrepa. ¿Cuánta razón cree tener alguien para que discutirle sea síntoma de un trastorno? ¿Tú repartes fobias o te las diagnostican?

Una fobia es un miedo irracional que a duras penas puede controlarse. Una limitación verdadera, no un sufijo flexible para clasificar ideologías o desacuerdos. La fobia nunca tuvo que ver con estar más o menos de acuerdo con algo. Un claustrofóbico no es alguien de opinión controvertida con respecto al mercado de los ascensores; es alguien que sufriría una crisis de ansiedad por una parada de diez segundos en una cabina que cuelga de un cable y cuya posición con respecto a invertir o no en la construcción de un ascensor habría que coger con pinzas en una junta de vecinos. 

Ya se sabe que el lenguaje construye pensamiento, no vayamos de pioneros; ni de cándidos. Cuando llamamos “fobia” a las opiniones, los prejuicios y las conductas, ya no intentamos reforzar nuestros argumentos intentando convencer a alguien; no. Si las discrepancias con nuestra manera de ver las cosas son “fobias”, entonces quien difiera en un solo punto de aquello que pensamos, tiene un trastorno, un defecto, algo que no funciona bien. Cuando ponemos el brazalete de la fobia a los disidentes de nuestro pensamiento, básicamente le decimos al mundo que están equivocados de forma patológica. Déjalos, pobre gente ¿no ves que están locos? Son “loqueyodigáfobos”, palabra esdrújula, con tilde en la “a”. Ya sabía lo que hacía la palabrita en cuestión cuando salió del terreno clínico a finales del XIX. Culturas en danza, autodeterminación, discursos taxativos y alguien, consternado por la congestión de la plaza y la escasez de alimentos dijo en un mercado de abastos de Burdeos: –Si siguen llegando Belgas no tendremos para comer. A lo que respondió un beligerante miembro de una formación humanitaria protoprogresista: – ¡Maldito xenófobo putain de merde!. El militante de escaso argumento supo en aquel instante que había ganado esa reyerta, supo que con una palabra le bastó para tener razón. Cogió el término médico y lo sumó al ámbito social y político para convertir en segundos a un ciudadano escéptico en un enfermo mental, que al parecer gritaría tirándose del pelo en presencia de alguna señora de Gante, dada su condición; de Xenófobo digo.

El exitazo de este uso del lenguaje, adaptado a lo que nos va saliendo de la genitalia correspondiente, es perfectamente comprensible. Teóricamente las diferencias de opinión deberían resultar atractivas, por aquello de la oportunidad de descubrir perspectivas que desconocemos y enriquecernos, pero, nevertheless, como dicen prácticamente todos los ingleses que hablan inglés y quieren decir “sin embargo”, últimamente hay que negarse a tener un debate con una persona que según el artículo 33 no está en su sano juicio. Así que “fobia” es un equivalente lingüístico a los esteroides de los deportistas.  Quienes desean un resultado visible en poco tiempo y con menos esfuerzo del necesario, hacen buen uso de estas soluciones. ¿Cómo no va a ser un best seller una palabra que convierte un argumento discrepante en un síntoma de trastorno mental?

Que sí, que hay homófobos, tránsfobos, aporófobos, islamófobos, xenófobos, gordófobos y otros tantos “fobos” con verdaderos problemas de intolerancia severa. Una cosa no quita la otra, no hagamos esto. Hay un consenso prácticamente absoluto que determina la estupidez que demuestran y el peligro que suponen esas personas. Saltarse ese consenso y poner el “fobo” en cada persona con reservas sobre tu opinión es una cagada de proporciones astrales, precisamente porque disuelve a los verdaderos seres infames en una nube de personas insultadas de forma gratuita. Hay que distinguir el odio verdadero de la diferencia de criterio; sobre todo porque esto último es un derecho y una necesidad. 

Es pura comedia en estos tiempos de supuesta diversidad, cómo toda esa flexibilidad que asociamos a las teorías identitarias, la multiculturalidad, la crianza, la religión, las decisiones individuales o las posiciones políticas, se vuelve rígida cuando toca ponerla en práctica. Todo es tremendamente complejo cuando nos lamen las heridas, pero sí nos llevan la contraria, fobia que te crió. 

Si no cuestionamos todo, se olvida el progreso y surgen los dogmas.  Empieza a desvanecerse esa persona que apoya plenamente los derechos del colectivo LGTBIQ+, porque le cae el brazalete de homófobo cuando cuestiona ciertas decisiones legislativas, aunque sea sin ápice de maldad o intolerancia. Muere la capacidad para entender que la inmigración es positiva para la sociedad, pero que prometer futuros amables sin capacidad para cumplir con lo necesario para hacerlos realidad es un verdadero atentado.  A lo que empiezas la frase te tachan de racista. Desaparecen los conservadores que no quieren autoritarismos, los progresistas que entienden que la revolución permanente puede ser un absurdo, creyentes que no tienen problema alguno con los ateos y ateos que entienden sin reservas que cada cual vive su espiritualidad como quiere. Todas esas personas cómodas en los tonos neutros, existen y constituyen una parte enorme de nuestras sociedades, aunque tienen la mala suerte de resultar poco interesantes para un ecosistema mediático y político más aficionado al conflicto simple y visceral, que a las posiciones complejas. Cuantas más etiquetas, menos palabras. 

Lo paradójico es que esto suele ser propiedad de quien dice sostener el progreso moral, pero es puro empobrecimiento intelectual. Acomodarse en esa sensación de que si algo no nos resulta fácil está mal, es terrible. Así los monólogos sustituirán a las conversaciones definitivamente y estos no admiten réplica. ¿Quiénes han evitado las réplicas a lo largo de la historia?

Reducción de fobia balsámica

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