GENTE CON MAÑA: Silvia Pradas, directora de cine

Antes de contar historias con una cámara, Silvia Pradas (Zaragoza, 1990) aprendió a mirar pintando. Estudió Bachillerato Artístico antes de formarse en Comunicación Audiovisual en la Universidad San…

Redacción Zaragoza Ciudad
24 de agosto de 2026
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Antes de contar historias con una cámara, Silvia Pradas (Zaragoza, 1990) aprendió a mirar pintando. Estudió Bachillerato Artístico antes de formarse en Comunicación Audiovisual en la Universidad San Jorge y especializarse después en Dirección Cinematográfica en la ESCAC y Guion para Cine y TV por The Core School. Quizá por eso en su cine importa tanto lo que se cuenta como la manera de mirar: la composición, el color, el sonido y esos pequeños detalles capaces de decir cosas que no siempre necesitan palabras.

En 2015 fundó junto al productor Javier Llovería la productora Crew Films. Desde entonces ha construido una trayectoria que se mueve entre la ficción, el documental y la publicidad, pero en la que aparece una constante: la curiosidad por las personas y por las historias que permanecen escondidas hasta que alguien decide detenerse a escucharlas. Ha dirigido cortometrajes como Dust DanceNosotros o Puedes tú solito y el documental La senda del pastor, un viaje por un oficio ancestral y por una forma de vida que poco a poco desaparece, reconocido en festivales como Ecozine y Espiello.

Esa mirada también la llevó a recuperar una historia que comenzaba muy lejos de Aragón pero tenía nombre zaragozano. En 2025 estrenó Descubriendo Pompeya y Herculano. El legado de Roque Joaquín de Alcubierre, dedicado al ingeniero militar nacido en Zaragoza cuya figura está ligada al descubrimiento de las antiguas ciudades sepultadas por el Vesubio.

Ahora Silvia Pradas se encuentra ante uno de esos momentos que dividen una carrera en un antes y un después. Prepara su primer largometraje de ficción, La Pastora, escrito por Ángeles González-Sinde y nacido, de alguna manera, de todo lo recorrido anteriormente: de La senda del pastor, de su interés por el mundo rural y de esa costumbre suya de mirar un poco más despacio allí donde todavía quedan historias esperando ser contadas.

Hablamos con ella de cine, de los años en los que todavía estaba buscando su lugar, de lo que ha aprendido por el camino y de la película que está a punto de cambiar la escala de su carrera. Pero también de la ciudad desde la que empezó todo: Zaragoza.

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De Zaragoza a la dirección de cine

Estudiaste Bachillerato Artístico y has contado que desde muy joven tenías claro que querías dirigir. ¿Cuándo aparece exactamente esa idea de «quiero hacer películas»? Recuerdo que con cinco o seis años mis padres tenían una mesa redonda de madera en el salón, con faldas, la típica mesa camilla y yo me metía debajo con mis ceras de colores y empezaba a dibujar en la base. Allí me inventaba historias y personajes. Cuando venían amigos a casa se las enseñaba. No difería tanto de una sala de cine, estaba a oscuras y yo contaba historias sobre mis dibujos en una superficie. 

A los doce, mis padres compraron una Sony Handycam y, en cuanto la cogí por primera vez, ya no la solté. Empecé grabando nuestras vacaciones, pero enseguida aquello me pareció poco y comencé a liar a mis amigos para hacer pequeñas películas en casa. Nos disfrazábamos, preparábamos el atrezo, inventábamos pequeñas historias… nos divertíamos muchísimo.

Más adelante entendí que el cine era, de alguna manera, la suma de todas las artes. Que mis dibujos, mis ilustraciones y los personajes que imaginaba podían cobrar vida y convertirse en algo que otros pudieran ver y disfrutar. Ahí fue cuando tuve claro que quería dedicarme a esto, y elegir este camino fue una forma bastante natural de ser fiel a mí misma. Aunque, por supuesto, desde entonces ha cambiado muchísimo mi manera de entender el oficio y también mi forma de trabajar.

Estudias Comunicación Audiovisual en Zaragoza y después decides marcharte a la ESCAC para especializarte en dirección. ¿Qué sentías que todavía te faltaba aprender para considerarte directora? La carrera de Comunicación Audiovisual era muy amplia: aprendíamos de radio, televisión, marketing, periodismo, escritura… y eso me dio una base muy completa, pero sentía que me faltaba especializarme de verdad en dirección.

Muchas cosas las había aprendido haciendo, porque ya antes de la carrera dirigía pequeños cortos, pero me faltaban herramientas más concretas: dirección de actores, conocimientos técnicos y, sobre todo, entender mejor el oficio de directora de cine. También había una parte de inseguridad, de sentir que necesitaba una formación específica en aquello a lo que realmente quería dedicarme.

En aquel momento había dos grandes referentes para estudiar cine, uno en Madrid y otro en Barcelona. Hoy la oferta es mucho mayor, pero entonces eran las dos opciones que tenía más presentes y finalmente me decanté por Barcelona y por la ESCAC.

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Has contado alguna vez que creciste viendo el cine de los 90, con referentes como Spielberg o Lucas, y prácticamente sin referentes femeninos en la dirección. ¿Cuándo empezaste a descubrir directoras en las que poder reconocerte? Cuando estudié en Barcelona, sin duda. Hasta entonces es curioso porque de pequeña yo decía que quería ser director de cine, no directora. Todos mis referentes eran hombres. Nací en los 90 y ese cine lo llevo muy dentro, especialmente la ciencia ficción, el terror y los mundos fantásticos. Simplemente no tenía referentes femeninos cercanos en los que pudiera reconocerme. En Barcelona empecé a descubrir muchas más directoras y a ampliar también mi manera de mirar el cine. Hoy conecto muchísimo con autoras como Greta Gerwig, Chloé Zhao o Coralie Fargeat. Son cineastas muy distintas entre sí, y precisamente eso me interesa, o existe una única “mirada femenina”, sino muchas maneras de contar y de entender el cine.

En 2015, con apenas 25 años, fundas Crew Films junto a Javier Llovería. ¿Qué lleva a dos personas tan jóvenes a montar su propia productora en lugar de intentar entrar en estructuras que ya existían? Antes de Crew, los dos habíamos trabajado tanto en Barcelona como en Zaragoza dentro de estructuras más grandes. Yo, por ejemplo, llegué a trabajar en Juego de Tronos durante el rodaje de su sexta temporada en España. Pero ambos teníamos bastante claro que no compartíamos algunas de las formas de trabajar que habíamos conocido. Entendíamos el oficio, y sobre todo el trabajo en equipo, de otra manera.

Éramos dos locos, o dos idealistas, con ganas de cambiar las cosas y además queríamos hacerlo desde casa, desde Zaragoza: construir aquí un proyecto profesional, costase lo que costase, y sin reblar.

No lo pensamos demasiado; quizá, si lo hubiéramos hecho, nunca nos habríamos lanzado. Nos tiramos a una piscina sin saber si habría agua, convencidos de que, si hacía falta, la llenaríamos nosotros. Y desde el principio quisimos que la productora reflejara nuestra manera de entender el cine: como un trabajo de equipo. De ahí el nombre, Crew.

Una parte importante de tus primeros años profesionales estuvo vinculada a la publicidad. ¿Qué aprendiste rodando publicidad que después hayas trasladado al cine? La publicidad es un poco como hacerte la “mili” de dirección. Es una escuela muy intensa. Te obliga a ser rápida, resolutiva, a trabajar con equipos distintos y a entender qué necesita un cliente, incluso cuando no siempre es fácil traducirlo a imágenes.

También me ha servido mucho para experimentar. Cada campaña te mete en un mundo diferente y tienes que aprender rápidamente sobre él, encontrar algo que te interese y defenderlo creativamente. Además, conoces a muchísima gente y vas formando equipos con los que, si hay buena conexión, acabas volviendo a trabajar.

He dirigido spots para televisión y redes en campañas nacionales, trabajando con agencias como AGR Food Marketing o grupos como Unidad Editorial entre otros, y todo ese rodaje me ha proporcionado muchas herramientas que después he ido desarrollando en el resto de proyectos.

Tu formación pictórica sigue apareciendo en tu manera de dirigir, especialmente en la composición y el color. Cuando imaginas una película, ¿la ves primero como una historia o como una sucesión de imágenes? Es curioso, pero no siempre empieza igual. Hay proyectos que nacen de una imagen muy concreta y otros que empiezan con un personaje. A partir de ahí, la historia va apareciendo de una forma bastante natural.

Sí es verdad que mi formación pictórica sigue muy presente en cómo pienso y desarrollo los proyectos. En mis trabajos de ficción y documental suelo hacer ilustraciones o pinturas propias, casi como una forma de homenajear la obra mientras la estoy construyendo. También me sirven para volver visible algo que al principio es muy abstracto: los personajes, los espacios, las emociones o la atmósfera.

Además, soy una directora que trabaja mucho con storyboards y los dibujo yo misma. Antes del rodaje me parecen una herramienta maravillosa para comunicar la película a todos los departamentos, porque permiten que algo que está en mi cabeza empiece a convertirse en un lenguaje común para todo el equipo.

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Encontrar una voz propia

En Nosotros construyes una pieza muy contenida y visual que terminó recorriendo más de treinta festivales. ¿Fue ese corto el momento en el que empezaste a reconocer con claridad cuál era tu lenguaje como directora?Nosotros fue mi primer cortometraje profesional. Hasta entonces había hecho cortos de escuela, publicidad y trabajos más experimentales, pero aquí, por primera vez, estaba dirigiendo una historia propia con un equipo profesional.

Fue el momento en el que empecé a reconocerme de verdad como directora de cine, a hacerme valer en ese rol y a poner en práctica todo lo que había aprendido hasta entonces. Y además hacerlo desde nuestra propia productora, Crew Films, junto a mi socio Javier Llovería, me hacía una ilusión enorme. Casi tanto como dirigir el propio corto, porque sentía que estábamos empezando a construir algo nuestro desde cero.

Después llega La senda del pastor, donde te acercas a seis pastores y a un oficio amenazado por la desaparición. ¿Qué encontraste durante aquel rodaje que no esperabas encontrar cuando empezaste el proyecto? Este sí fue el proyecto que me cambió la vida, profesional y personalmente. Empezó como una pieza casi etnográfica sobre un oficio en declive, pero durante el rodaje entendí que había algo mucho más profundo.

Convivir con estas personas, entregadas en cuerpo y alma a su trabajo, me hizo reflexionar muchísimo sobre la vocación, el sentido vital y la felicidad. No son personajes ilustres, sino personas anónimas a las que quisimos dar voz y que viven conforme a sus propias convicciones.

Este proyecto me enseñó a mirar más allá y a entender que existen muchas formas de vivir, más allá del camino en el que se nos ha educado. Que la felicidad y la realización personal no tienen una única forma, sino que están allí donde cada uno siente que deben estar. La senda del pastor dejó de ser solo una película sobre pastores para convertirse también en una reflexión sobre la libertad de elegir cómo quieres vivir.

La película obtuvo reconocimientos en festivales como Ecozine y Espiello. ¿Qué cambió profesionalmente para ti después de La senda del pastorProfesionalmente, La senda del pastor me enseñó a soltar y a dejar que las cosas ocurran. En ficción trabajas mucho la verosimilitud y tiendes a llevarlo todo muy atado; el documental, en cambio, te obliga a observar la realidad, adaptarte a lo inesperado y reaccionar a lo que sucede delante de la cámara.

Ese aprendizaje me dio herramientas que he aplicado y seguiré aplicando en mis proyectos de ficción; escuchar más, estar abierta al momento y entender que no siempre controlar más significa dirigir mejor…

Por eso defiendo mucho el documental. Creo que cualquier persona que quiera convertirse en una directora o director completo debería rodar al menos uno en su vida.

En los últimos años has alternado ficción y documental. ¿Te acercas de manera distinta a un personaje real que a uno escrito sobre un guion o, en el fondo, buscas lo mismo en ambos? La principal diferencia, sin duda, es la responsabilidad. Intento acercarme tanto a los personajes de ficción como a los reales desde un respeto muy profundo, pero cuando trabajas con personas que existen o existieron asumes un compromiso distinto como directora y creadora.

Tienes tu propia mirada y necesitas construir un relato, pero al mismo tiempo debes ser muy consciente de que estás trabajando con una vida real. Para mí, el reto está en encontrar ese equilibrio entre la libertad creativa y la honestidad con la persona y con su historia. Esa responsabilidad es, probablemente, lo que más cambia mi manera de abordar personajes e historias. 

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En Puedes tú solito vuelves al cortometraje de ficción y la película ha acumulado decenas de selecciones y varios premios. ¿Qué querías contar con esta historia que no habías contado en tus trabajos anteriores? Con Puedes tú solito quería jugar, en el mejor sentido de la palabra, y experimentar. El fantástico y el terror te permiten utilizar herramientas narrativas que otros géneros no siempre ofrecen, y además llevaba tiempo queriendo trabajar con efectos digitales. El corto reunía todo eso y, a nivel técnico y de puesta en escena, suponía un reto que me apetecía muchísimo afrontar.

Pero tampoco quería quedarme únicamente en un ejercicio de género. Me interesa especialmente el terror cuando detrás existe un significado más profundo. En este caso abordamos la masculinidad tóxica, que ya es en sí misma bastante terrorífica.

Pero sobre todo, quería disfrutar haciendo una película que me permitiera experimentar y, al mismo tiempo, contar algo que consideraba necesario.

En 2025 estrenaste Descubriendo Pompeya y Herculano. El legado de Roque Joaquín de Alcubierre, recuperando a un zaragozano fundamental en el descubrimiento de Pompeya y Herculano y, sin embargo, bastante desconocido para el gran público. ¿Cómo llegaste hasta su historia y por qué pensaste que merecía una película? El culpable fue mi socio, Javier Llovería. Él ya conocía la figura de Alcubierre y, cuando me habló de él, yo no tenía ni idea de quién era. Al descubrir sus logros y todo lo que había supuesto su trabajo para sentar las bases de la arqueología moderna, no podía creer que su figura fuera tan desconocida.

Cuando empecé a investigar y a documentarme, sentí que su historia debía ser contada. Había algo casi personal en querer arrojar luz sobre sus hallazgos y reivindicar a una figura que, en mi opinión, había quedado injustamente olvidada. La película nació un poco de esa necesidad de devolverle el lugar que merece.

El salto al largometraje

Ahora estás desarrollando La Pastora, tu primer largometraje de ficción, escrito por Ángeles González-Sinde y nacido, precisamente, de una historia que conociste mientras hacías La senda del pastor. ¿Quién es esa mujer que encontraste durante el documental y qué hizo que pensaras: aquí hay una película? Esa mujer y muchas más. La Pastora se inspiró inicialmente en una de las protagonistas de La senda del pastor, pero la historia se fue construyendo también a partir de muchas otras mujeres del mundo rural que he conocido después, especialmente en los coloquios tras las proyecciones del documental.

Mujeres resilientes, enfrentadas a entornos hostiles, que han elegido una forma de vida y han decidido sostenerla con todo lo que eso implica. En una sociedad cada vez más centralizada y homogénea, mantenerse fiel a una idea, o a una misma, puede convertirse casi en un acto de rebeldía silenciosa.

Como mujer, cineasta y autónoma, me siento muy cerca de ellas. Entiendo bien lo que supone levantar y sostener un proyecto vital y no renunciar a aquello que da sentido a tu vida, incluso cuando exige un enorme esfuerzo económico, físico y emocional.

El proyecto ha pasado por laboratorios como el del Festival de Cine de Alicante y Platino Next Lab y ya cuenta con reparto internacional. ¿En qué momento se encuentra ahora mismo La PastoraAhora mismo estamos en pleno proceso de financiación, casi a las puertas de que La Pastora deje de ser un proyecto sobre el papel y se convierta en una realidad. Han sido años de desarrollo, de trabajo y de ir sumando compañeros de viaje, y estamos en ese momento en el que empiezas a sentir que todo lo construido está a punto de materializarse.

Pasar del cortometraje y el documental a levantar un primer largometraje supone también enfrentarse a otra dimensión industrial y económica. ¿Qué está siendo más difícil: hacer la película que quieres o conseguir que esa película llegue a poder hacerse? He tenido la suerte de que los compañeros y compañeras de viaje que se han ido sumando al proyecto han respetado mucho mi mirada sobre la historia, así que confío en que podré hacer la película que tengo en mente.

Lo realmente difícil está siendo conseguir que pueda hacerse. Como ocurre con cualquier proyecto emprendedor, puedes tener una idea muy clara, un equipo y un camino definido, pero hasta que no llega la financiación todo sigue siendo intangible.

Después de más de una década trabajando como directora, ¿qué conserva la Silvia que empezó y qué ha tenido que aprender a abandonar? Sin duda conservo la ilusión y la pasión. Es una llama muy difícil de apagar y forma parte de la vocación por este oficio. Creo que, si no la tienes, es difícil aguantar una carrera de fondo como es el cine.

Lo que sí he aprendido a abandonar es la necesidad de correr, esa ansiedad por querer llegar a todo cuanto antes. El trabajo y la vida me han enseñado a ser mucho más paciente, a disfrutar de cada paso, por pequeño que sea, y sobre todo del proceso. Hoy entiendo mucho mejor que una carrera no se construye de golpe, sino poco a poco.

Si pudieras hablar con aquella estudiante zaragozana que quería ser directora de cine pero todavía no sabía cómo llegar hasta allí, ¿qué le dirías? ¡Paciencia!. Todo llega, aunque casi nunca de la manera que imaginas.

Y también le diría: tu primera película no va a ser una gran producción de ciencia ficción o fantasía. Va a ser un documental sobre ovejas… y te va a cambiar la vida. Así que disfrútalo, porque muchas veces el camino acaba siendo mucho más interesante que el plan que tenías en la cabeza.

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Silvia Pradas y Zaragoza

Vamos a llevarte a casa. Si tuvieras que elegir a un director, directora o profesional del audiovisual aragonés cuyo trabajo admires especialmente, ¿a quién escogerías y por qué? Escogería a Paula Ortiz. En primer lugar porque tuve la suerte de estar presente, aunque de una forma muy pequeña, en su ópera prima, colaborando en el storyboard junto a Jesús Bosqued. Fue una experiencia que recuerdo con muchísimo cariño.

Pero, sobre todo, admiro su forma de mirar y de entender el cine. Me interesa mucho su trabajo con las metáforas visuales, la composición y ese preciosismo narrativo que atraviesa sus películas. La virgen roja, por ejemplo, me gustó especialmente.

Y también me parece un referente por cómo ha construido una carrera que ha mirado más allá de España, trabajando internacionalmente sin perder una voz propia.

Y fuera del cine, ¿qué artista aragonés te interesa especialmente ahora mismo? Puede ser músico, escritor, ilustrador, fotógrafo, actor, diseñador, artista plástico…

Podría decir muchísimos nombres: fotógrafos como Jorge Fuembuena, diseñadoras de vestuario como Arantxa Ezquerro o Pilar Sicilia, ilustradores como Rómulo Royo, hijo del maravilloso Luis Royo, escritoras como Irene Vallejo o actores como mi querido Rubén Martínez…

Hay muchísimo talento en Aragón y, a veces, creo que nosotros mismos tendemos a hacernos de menos. Esta tierra es muy fértil en artistas, aunque muchas veces tengan que salir fuera para que se reconozca su trabajo.

¿Hay algún nombre joven de Zaragoza o de Aragón al que creas que deberíamos empezar a prestar atención porque dentro de unos años vamos a escuchar hablar mucho de él o de ella? Hay una joven guionista y directora aragonesa, Marina Selene, a la que creo que merece la pena seguir de cerca. Tuve la oportunidad de coincidir con ella en el Festival Internacional de Cine de Huesca y escuchar uno de los proyectos de cortometraje que está preparando para rodar próximamente.

Me pareció una propuesta con mucha personalidad y muy buenas ideas. Creo que tiene una mirada interesante y un futuro prometedor, así que tengo curiosidad por ver hacia dónde evoluciona su trabajo.

Has construido buena parte de tu carrera desde Aragón. ¿Crees que hoy sigue siendo necesario marcharse para hacer cine o ya es posible construir una carrera cinematográfica potente desde Zaragoza? Aragón ha evolucionado muchísimo en los últimos treinta años, pero todavía queda mucho trabajo por hacer. Construir una carrera cinematográfica desde aquí sigue siendo como luchar contra molinos de viento, no es imposible, pero tampoco es el camino más fácil.

Creo que marcharse puede ser muy bueno. Te permite conocer otras formas de trabajar, otros equipos y otras industrias. Pero también creo que lo ideal es que parte de todo ese aprendizaje vuelva después a Aragón y sirva para enriquecer lo que estamos construyendo aquí.

Yo hice ese camino, me fui, aprendí y volví porque quería construir algo desde Zaragoza. Y no me arrepiento. Pero también es verdad que, si entonces hubiera tenido aquí las mismas oportunidades de formación y aprendizaje que encontré fuera, las habría aprovechado encantada sin necesidad de marcharme.

Por eso animo a las nuevas generaciones a que, si quieren quedarse, lo hagan y construyan desde aquí; y a quienes se marchen, que no descarten volver. Lo importante es que cada vez sea menos necesario irse por obligación y más una elección. Cuanta más gente pueda formarse, trabajar y crecer profesionalmente en Aragón, más fuerte será nuestro tejido audiovisual.

¿Qué tiene Zaragoza que crees que todavía no hemos sabido aprovechar cinematográficamente? Quizá nuestras puestas de sol. Zaragoza tiene una luz muy especial a última hora del día, sobre todo vista desde cualquiera de sus puentes o desde la ribera del Ebro. Esa hora bruja, con el río, el cielo y la silueta de la ciudad…es mágica. Creo que es una imagen que tenemos muy normalizada y que cinematográficamente todavía no hemos terminado de aprovechar.

Si mañana viniera un director de fuera y te dijera «enséñame un lugar de Zaragoza en el que tengo que rodar», ¿dónde lo llevarías? Lo llevaría al Palacio de la Aljafería. Es uno de esos lugares que, visualmente, ya te da muchísimo antes incluso de pensar dónde colocar la cámara. Tiene historia, textura, geometría, luz y una mezcla de espacios bellos y muy cinematográficos.

¿Cuál es tu rincón favorito de Zaragoza? Siempre que puedo y tengo un rato libre, me gusta refugiarme en Moonlight Experimental Bar, de Borja Insa. Lo conocí cuando abrió en la plaza Nolasco y me fascinó desde el principio por la creatividad de sus cócteles, que casi parecían pequeñas obras de arte.

Es un lugar en el que me relajo muchísimo y donde, de alguna manera, también respiro creatividad. Me gusta ir con mi pareja, con amigos o con mi familia; es un sitio para conversar sin prisa, disfrutar y desconectar. Para mí es casi un pequeño remanso de paz dentro de la ciudad.

¿Hay algún lugar de la Zaragoza de tu infancia o adolescencia que ya no exista y que todavía eches de menos?Echo mucho de menos la variedad de pequeñas salas de cine que había en Zaragoza en los 90, y especialmente los Cines Aragón, en el Centro Comercial El Caracol. También echo de menos, por extensión, la vida que tenía entonces el propio centro comercial y sus comercios.

Mi colegio estaba muy cerca y recuerdo salir de clase, pasear por allí con mis padres cuando venían a recogerme y, por supuesto, meter la mano en aquella mítica fuente de su interior o bajar hasta las máquinas recreativas que había en la planta de abajo.

Una muy concreta: ¿tu tapa favorita de Zaragoza y dónde hay que ir a comerla? La croqueta de jamón de Bodegas Almau, en El Tubo. Y si puedes tomarla en la terraza, acompañada de un vino tinto, todavía mejor.

¿Y tu restaurante favorito de la ciudad? Mi restaurante favorito es chino. Mandarin, antes Mei Mei, en la calle Reina Fabiola. Mis padres me llevan allí desde que tengo uso de razón, así que forma parte de mi infancia, de mi juventud y ahora también de mi vida adulta.

Conozco a sus dueños desde hace muchísimos años y le tengo un cariño especial. Incluso acabamos rodando allí algunas escenas de una película, así que de alguna manera también se ha colado en mi vida profesional. Si no habéis probado su carta, tenéis que hacerlo, os lo recomiendo.

¿Cuál es tu expresión o palabra aragonesa favorita? “No reblar”. La tengo grabada a fuego en mi forma de trabajar y también de entender la vida. Para mí significa insistir, resistir y seguir adelante incluso cuando las cosas se ponen difíciles.

Para terminar, salimos de Zaragoza pero no de Aragón. Si pudieras obligar amablemente a todo el mundo a conocer un único rincón de Aragón al menos una vez en la vida, ¿cuál elegirías? Es una pregunta muy difícil porque recomendaría muchísimos sitios, pero quizá invitaría a todo el mundo a conocer Teruel. No solo la ciudad, sino también sus pueblos, su patrimonio, su gastronomía y sus paisajes.

Para mí sigue siendo el gran olvidado de Aragón y, precisamente por eso, conserva una belleza inmensa y todavía muy auténtica. Es curioso porque no empecé a conocerlo de verdad hasta que fui adulta, y desde entonces cada nuevo rincón que descubro no deja de sorprenderme.

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